¡Enganchados!

miércoles, 1 de mayo de 2013

Antes de que salga el Sol (VIII.I)

 “A tu espalda”.

Se agachó. Una daga había pasado velozmente muy próxima a sus alas.

Perdone los modales de nuestros compañeros, pero ya debe saber que los ángeles no son muy bien recibidos aquí.

El guía le había conducido hasta una de las guaridas de los Súndavars y estaba plagado de esos asquerosos insectos que lo miraban con temor y deprecio. Normal, pensó en su fuero interno. Él era el jefe del clan de los ángeles, los encargados de destruir a aquellos monstruos, ¿cómo no iban a odiarle?

Aunque su instinto le decía que los cogiera a todos y los matara de la forma más depravadora posible, se resistió a esa tentación. Claramente aquel lugar estaba lleno de centenares de ellos y, aunque tenía mucha confianza en su fuerza y poder, era bastante más divertido ver lo que aquellos idiotas le tenían preparado.

De repente, aquel Súndavar que no tenía olor a muerto, sino que era más normal de lo que parecía, se detuvo ante una inmensa puerta con escritos del idioma del lado oscuro. Podía leerse de manera sencilla el lema de su bando:

“Fricai Andlát”
Amigo de la muerte.

-          Ya hemos llegado, señor.

-          ¿Qué festejos me deparan tras esa puerta?

Entonces, aunque durante todo el trayecto aquel sujeto no se había inmutado ni había mostrado ningún sentimiento, esta vez sonrió de forma macabra.

-          Es una reunión convocada especialmente para usted. Espero que le agrade la estancia.

“No entres.”

Otra vez su segundo yo…

-          Calla…- susurró.

-          ¿Cómo?

Ahora el sirviente parecía extrañado.

-          ¡No hablaba contigo!- Su tono de voz aumentó ligeramente.

“Anda, mátalos a todos. Haz arder el edificio. Encuentra a la chica y retenla para siempre.”

-          Que te calles. Voy a pasar.

-          Muy bien, señor. Le agradezco que sea tan razonable.

-          ¡Que te den!- Dijo haciéndole un gesto obsceno con el dedo.

Y entró.

Las luces estaban oscuras y no se veía absolutamente nada. Asimismo, los ángeles no era solamente aliados de la luz porque sí. Por ello, comenzó a batir sus alas enérgicamente y un extraño chispazo empezó a emerger de estas. Y en un segundo, se iluminaron como si el Sol les hubiera entregado un poco de su fuego.
La sala se pudo ver, entonces, perfectamente.

-          Ya veo que dominas plenamente tus poderes, Duncan.

-          ¿Quién eres?

Ante él, un extravagante personaje con cabellos nevados y ojos abismales se encontraba apoyado contra una de las paredes cuidadosamente decoradas con bellos dibujos y destacables imágenes.

-          ¿Que quién soy yo? Oh, en estos momentos eso es lo menos importante.

-          Tú me has traído hasta aquí, ¿no? ¿Qué quieres de mí?

La cara de complicidad que plasmó su rostro le resultó bastante desagradable.

-          Señor Duncan, me alegra que se encuentre con nosotros. Me gustaría hacerle una oferta.

-          Habla. ¿Qué…?

Pero no pudo decir más. No, porque, de nuevo, esa deliciosa y refrescante fragancia que ya lo había cautivado un tiempo atrás lo distrajo de su conversación. Podía sentirla intensamente penetrar en su interior, pero por más que miraba a todos lados, no lograba encontrar de donde procedía. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba Ivett?

-          ¿Le ocurre algo?

Pero Duncan ya no lo estaba escuchando. En lo único en lo que ahora estaba concentrado era en encontrar su procedencia.

-          Señor Dun…

Ya le daba igual. Salió corriendo de la sala y comenzó a cruzar pasillos y habitaciones siguiendo el rastro de aquella mujer.

“A tu izquierda.”

Y, con un ágil movimiento, esquivó el cuchillo que iba dirigido directamente hacia él. Se giró y, de repente, se encontró rodeado.

-          Es muy descortés por su parte irse así tan deprisa.

Era el hombre del pelo blanquecino otra vez.

-          En estos momentos no está en posición de hacer lo que se le antoje. Podríamos acabar con usted en este momento.

-          ¿Y por qué no lo habéis hecho ya?

De nuevo esa asquerosa cara de complicidad.

-          Es usted muy astuto, señor Duncan. Es cierto, si aún no le hemos atacado es porque nos interesa que todavía siga con vida.

-          ¿Qué es lo que queréis de mí?

El sujeto dio dos pasos en su dirección encabezando al resto. Era como el líder del clan, como el cabecilla de la manada. Era quien controlaba a los demás.

-          Queremos que ordene la inmediata disgregación de su clan, del clan de los ángeles.

Duncan sonrió irónicamente y dio unas sonoras carcajadas que retumbaron por todo el pasillo de la estancia. Fue un sonido fuerte, frío, espeluznante… Como quien está a punto de saltar al abismo de la locura.

“¿Creen que pueden vencerte? Mátalos a todos. Demuéstrales quién manda aquí.”

-          Y, ¿por qué debería de hacer eso?

-          Porque la tenemos bajo nuestro poder.

Los pelos de Duncan se erizaron. No había dicho su nombre, pero sabía que hablaban perfectamente de Ivett. Ellos habían sido quienes la había secuestrado, pero, ¿cómo? Los Súndavars no tenían la habilidad de volar, y la habitación de Ivett estaba colocaba sobre una inmensa torre a varios metros de altura y diseñada para no ser escalada. ¿Quién podría haberlo hecho?

-          ¿Y bien? Esperamos aun su respuesta señor Duncan.

-          No pienso hacerlo.

-          ¿Cómo?

-          Siempre habéis estado detrás de ella, tras su rastro. ¿Por qué matarla ahora? No tendría ningún sentido.
El hombre curvó sus labios en un extraño gesto de diversión.

-          ¿Quién ha dicho nada de matar? En ningún momento se me había pasado esa idea por la cabeza, pero ya sabe… Mis chicos están deseando ponerle la mano encima.

Todos a su alrededor gruñeron como animales ante su sed de sangre y algunos incluso ante el deseo. Eran como lobos acechando a su presa. Esperaban el mejor momento para atacar y disfrutar del banquete.
A Duncan le hirvió la sangre. No le hacía ni la más mínima gracia que aquellos asquerosos le pusieran una mano encima. Él se encargaría de matarlos a todos si se atrevían a ello. Intentó enfriar su cabeza y pensar. Necesitaba un plan. Aunque pudiera deshacerse de todos ellos, seguro que alguno aprovechaba la batalla para huir y dirigirse hacia Ivett. No podía permitir que pasara.

Sin que ninguno de los presentes lo percibiera, Duncan apretó un botón que llevaba escondido junto a él. Era el botón de alarma, así que ahora todos en su clan habían quedado avisados y estarían en camino. En ese momento lo único importante era ganar tiempo, pero, ¿cuánto lograría retenerlos? Ellos no eran exactamente pacientes y se guiaban más por su instinto que por cualquier otra cosa. Sin embargo, se había dado cuenta de que, aunque pareciera fuera de lugar, todos y cada uno de ellos obedecía al sujeto de pelo blanco y ojos negros. ¿Quién demonios sería?

-          ¿Dónde está ella?

-          No puede verla en este momen…

-          ¡Si no la veo no me creeré ni una palabra de lo que me estás diciendo!

El hombre guardó silencio durante un rato, meditando.

-          Está bien- Dijo al fin, mientras volvía a acercarse de forma insinuante-, puede verla. Pero ella no lo va a ver a usted.

-          ¿Por qué no?

-          Está profundamente dormida y, como comprenderá, de momento no me parece conveniente que despierte.
Y el cabrón encima la había drogado para dormirla. La única imagen que pasaba por la cabeza de Duncan era él mismo arrancándole la cabeza a ese repugnante ser y luego prenderle fuego completamente.

“Pues hazlo.”


Por más que se resistiese, aunque le jodiera admitirlo, si la cosa seguía así, al final no podría controlar a su otro yo que arañaba con ímpetu las puertas que él intentaba mantener cerradas. Las puertas de su alma. Si aquel demonio salía, dudaba que encontrara la suficiente fuerza como para lograr escapar del laberinto que siempre aparecía ante él cuando eso le ocurría. Y, para cuando conseguía atravesarlo, se encontraba con mil y una pesadillas que ya jamás dejarían de perseguirlo. Diantres… ¿Cuánto más iban a tardar los de su clan? ¿Tan difícil era seguir su localización hasta ese sitio? Pues que se dieran prisa, porque sabía, por mucho que se resistiera, que sus energías e intentos estaban llegando a su fin y que, pasara lo que pasase, destrozaría sin pensarlo todo lo que encontrara a su paso. No obstante, lo que le preocupaba no eran todos esos Súndavars de mierda… No. Lo que le preocupaba ciegamente era que su otro yo diera con ella… Con Ivett. Sabía que sus dos partes la amaban, con la única diferencia de que el otro le haría daño y le haría todo lo que se le antojase. ¡No podía permitir tal descontrol! No quería que ella saliera herida, que sufriera. Que Dios les ayudara, pero esperaba por el bienestar de ambos que aquello no ocurriese.




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