¡Enganchados!

miércoles, 13 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VI.III)


Ya era de noche y ni siquiera había ido a cenar. No tenía ganas de nada. Después de volver a ver a Alexandra se había quedado sin fuerzas totalmente. Mierda. ¿Por qué? ¿Por qué diablos no podía acordarse de su propio pasado?

La cama tampoco la ayudaba a relajarse y no podía encontrar ninguna postura que le permitiera conciliar el sueño y, así, desconectar del mundo. Malditas manías. Se sentía inútil, débil, se sentía como una mierda. ¿Qué podía hacer?

Llamaron a la puerta.

-          No hay nadie.

No quería ver a nadie. No quería que nadie la viera de aquel modo.

-          Pues tu voz demuestra todo lo contrario.

Entonces Mery se asomó por un pequeño hueco de la puerta. Llevaba un recogido con una alta coleta de caballo y su pelo lacio caía con elegancia sobre sus hombros. Lo cierto es que cada vez que la veía, le parecía que se había vuelto más guapa.

-          Mery, no estoy de humor para visitas.

-          Ya lo sé, pero me da igual.

No pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en su rostro. Ella siempre había sido así. Siempre había hecho lo que le había parecido más conveniente sin importar lo que los demás pensaran. Sin embargo, ese método le había brindado grandes oportunidades y le gustaba su forma de ser. Era como un felino. Hacía lo que quería, pero siempre pensando en las consecuencias, los pros y los contras. Hasta el momento, ese instinto suyo nunca le había fallado. Por mucho que ella quisiera estar sola en ese momento, sabía que no lograría convencer a su amiga de que la dejara. Era muy cabezona y siempre conseguía lo que quería y ese caso no era una excepción para ella, seguro.

-          ¿Cómo estás?

-          ¿Cómo voy a estar? Fatal.

-          Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido?

Aunque Ivett no le apetecía nada hablar sobre lo ocurrido, le contó todo a su amiga con pelos y señales. Esta la escuchó con atención y no la interrumpió ni una sola vez hasta que hubo terminado de decírselo todo.

-          Vaya…- Sus rasgos se habían tensado y se notaba que estaba pensando muy seriamente en lo que iba a decir- Es una situación bien jodida.

-          Ni te lo imaginas. Ahora mismo me siento la persona menos útil del mundo. No puedo ni acordarme de mi propia vida. ¿Me entiendes?

Mery permaneció en silencio por un momento y analizó la situación con absoluta concentración.

-          Respóndeme a una pregunta.

-          Dime.

-          ¿Tú realmente quieres recuperar tus recuerdos o solo lo haces por algún caso en especial?

Ivett se sorprendió ante aquello. ¿Algún caso en especial? Se paró a pensarlo.

Desde que había llegado allí, todo había sido muy confuso y no lograba encontrar sentido a nada de lo que la rodeaba en aquella nueva vida. Ni los ángeles, ni los Súrdabar, ni nada de eso. Por ello, quería recordar. Recordar para saber quién era en realidad, para acordarse de su pasado, para saber quiénes fueron sus padres, para enterarse de por qué acabó realmente en ese hospital y quién fue el que puso aquella nota y para… Sí. Lo que más deseaba era acordarse de Duncan. Ese era su más ferviente deseo. Aunque él la confundía muchas veces alejándose de ella y luego, repentinamente, tomándola y besándola, algo en su interior le decía que era muy importante para ella. ¿Por qué? ¿Qué era lo que le alentaba a estar a su lado a cada momento y querer poseerlo al más mínimo roce?

-          ¿Ivett?

-          Mery…- Claro, esa era la respuesta- Lo que quiero realmente es acordarme de Duncan. ¿Tú sabes algo? ¿Qué hubo entre él y yo? ¿Qué tipo de relación tuvimos? Aunque me pare a pensarlo, no consigo adivinarlo. Primero se aleja de mí con la intención de no querer tener ni la más mínima relación conmigo, y luego me besa de una manera impresionante para luego volver a marcharse. Esto me está volviendo loca. ¿Qué demonios le pasa? ¿Me odia o me desea? Eso es lo que no acabo de comprender y mi mayor deseo es entender el por qué.

Mery se puso pálida. Entonces fue cuando se dio cuenta de que sabía lo que pasaba. Sabía que le estaba ocultando algo.

-          Mery, ¿qué es lo que sabes?

-          Yo… No puedo decirlo.

-          ¡¿Por qué no?! ¿Qué es lo que todos tratáis de ocultarme? ¿Alguien quiere contármelo de una vez por todas?

Su amiga se quedó totalmente paralizada. ¿Y ahora qué le decía? Recordó perfectamente el día en que Duncan les pidió expresamente que aquello debería quedar en secreto y que quien traicionara aquella regla sería apremiado con un severo castigo. Dios. No sabía que era capaz de hacer, pero seguro que no eran rosas y corazones exactamente.

-          Ivett yo… Realmente no puedo contártelo.

Ella se hundió en el fondo de una de las butacas de la sala. Quería desaparecer, dejar de existir y que se la tragara la tierra. Ojalá aquel sillón tuviera la capacidad de absorber a las personas.

-          Ivett…- Odiaba ver a su amiga así de destrozada y perdida, deseaba con todas sus fuerzas que fuera feliz, pero aquella situación era… Ya le daba igual- Ivett. Si te lo cuento, debes prometerme que no dirás, ni harás nada que no debas. Si lo haces, es posible que jamás vuelvas a verme.

Entonces los ojos de la muchacha se dieron a ver y tenían un brillo especial, el brillo de quien por fin encuentra alguna respuesta a sus preguntas.

-          Te juro que no diré nada.

-          Está bien, escucha atentamente, pero lo que te cuente no te va a gustar.

-          Te escucho.

Así, Mery le contó todo a Ivett y, al final de su historia, esta no pudo evitar que unas furiosas y reprimidas lágrimas salieras de su interior. Mery la cobijó entre sus brazos y la estuvo acariciando hasta que sus ojos no tuvieron la fuerza para mantenerse abiertos y, por fin, calló en un profundo sueño.



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