¡Enganchados!

jueves, 7 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VI.II)



-          La parejita de enamorados…

Chad se encontraba escondido entre las oscuridades del jardín. Había presenciado toda la escena de principio a fin y los celos recorrían sus venas. De nuevo… ¡Santo Dios! Incluso después de tanto tiempo, después de marcharse, ¡después de olvidar! Después de todo lo que había pasado, ella volvía a encontrarse entre los brazos de él. ¿Por qué…? ¿Por qué siempre acababa de la misma manera?

“La Diosa los ha unido a los dos por unos lazos inquebrantables”

¿Lazos inquebrantables? ¿La Diosa? ¡Venga ya! Él era científico y todas esas fanfarronadas sobre la Diosa, las leyendas y los mitos no se las creía en absoluto. ¡Lazos inquebrantables! No existía nada así. En la mayoría de las ocasiones las parejas solían acabar separados así que, ¿por qué no ser esta una más?

Sin embargo, tiempo atrás él había ofrecido su amor a aquella chica de cabellos de lino y ojos del mar. Le ofreció el mundo, el sol, las estrellas, la luna y el mar. Se lo ofreció todo. ¡Se sentía hasta con la capacidad de conseguirlo! A pesar de todo, ella lo rechazó. Se excusó afirmando estar enamorada de Duncan. ¿Por qué él? ¿Por qué él de entre todos? ¿Por qué el único ser al que reconocía como su superior? La quería a ella. Lo admiraba a él. Todas las cartas estaban en su contra y tuvo que guardar silencio.

Pero cuando supo que Ivett había aparecido de nuevo, ¡que ella no se acordaba de Duncan! Pensó, solo quizá, que podría enamorarla. Pero había llegado tarde. Había estado colapsado por su trabajo y se había olvidado completamente de su objetivo principal y… Sí. Se le habían adelantado y bastante.

“Jamás lograrás romper el escudo que los envuelve”

Y, además, aquella voz lo seguía a todas partes. Siempre había sido así. Algo en su interior lo guiaba, lo avisaba y, también, lo corrompía. Era como otra faceta que se mantenía escondida en su interior.

Desde que era pequeño, le había hablado a cada momento y había surgido cuando más lo necesitaba. Sin embargo, aquella otra forma de su ser también podía llegar al punto de alentarle a hacer cosas que él mismo sabía que estaban mal.

“Mátala. Hazlo. Pero después morirás tú, tenlo por seguro”

Una sonrisa irónica se dibujó en su cara. Claro. Podría haberla matado, pero Duncan habría destrozado después todos y cada uno de sus huesos uno por uno, lenta y dolorosamente. Y puede que incluso lo dejara vivo en ese estado de sufrimiento por toda la eternidad ya que era un vampiro…

Y ahí seguían. De repente, ella se había desmayado y, en un acto reflejo, él había estado a punto de darse a ver para ir en su ayuda. Sin embargo, Duncan la había tomado entre sus brazos y había comenzado a gritar su nombre. Al despertar, Ivett había comenzado a llorar y, finalmente, habían acabado abrazados.

¿Qué seguía haciendo él ahí? ¿Por qué no se había ido ya del lugar? Solo la imagen que estaba viendo ya le provocaba un dolor lacerante y comenzaban a flaquearle las piernas.

Sí… Lo mejor sería marcharse de allí.

Y así lo hizo.



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