¡Enganchados!

miércoles, 13 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VII)


Un hombre extraño la perseguía por un bosque oscuro y a media noche. El cielo estaba teñido de rojo, como si la misma sangre lo hubiera manchado, y la luna parecía reírse de sus torpes y agitados movimientos. Corría como alma que lleva el diablo e intentaba no tropezar con la maleza del terreno. Sin embargo, a pesar de la máxima rapidez que le podía proporcionar su cuerpo, aquel ser estaba cada vez más y más cerca. Podía oír sus pisadas, su respiración agitada y sus profundos y tenebrosos ojos clavados en su nuca. La alcanzaría si no se le ocurría ningún plan, pero ¿qué diablos podía hacer? Miraba hacia atrás con desesperación y sabía que no tenía escondite alguno. De repente, pudo ver como alzaba su mano y agarraba su pelo de manera violenta, haciéndola parar. Sacó su horrible navaja mariposa, la abrió con un sutil movimiento de muñeca y justo cuando iba a abrirle el cuello… Logró escabullirse con un movimiento enloquecido y fue entonces cuando lo vi. Oh, Dios mío. ¿Era Duncan? ¿Duncan estaba intentando matarla? No podía ser cierto, pero él estaba allí, enfrente de ella y ningún sentimiento se percibía en su faz. Pero se dio cuenta de una cosa. Sus ojos no eran de aquel color verde como la tierra, ni de aquel rojo sangre. No. Sus ojos eran completamente blanco, como si no tuviera alma, como si no fuera él mismo. ¿Dónde había visto antes aquellos ojos?

Entonces lo recordó. Cuando Mery y ella habían ido a aquel bar, el chico que no había hablado durante toda la velada que había intentado matarla junto a su compañero tenía el mismo tono. El color de la muerte. Unos ojos inertes. ¡Un Súrdabar! Pero no era posible… ¿Cómo era Duncan uno de ellos? La única razón para estar en aquel estado era que él hubiese cedido ante el mal de Deuce. ¿Cuál era el motivo para qué hubiera caído ante ello? Duncan era un hombre fuerte y lo sabía, sabía que él odiaba a toda aquella estirpe que asolaba su clan y que lo que más odiaría sería ser uno de ellos, así que ¿por qué?

Duncan volvió a colocarse a su lado y esta vez la agarró del cuello y la levantó del suelo asfixiándola. Tenía que hacer algo si no quería morir.

Rápidamente le dio una patada en sus partes y este, retorciéndose de dolor, la soltó finalmente. Recomponiéndose y tomando aire, Ivett se giró y volvió a salir corriendo. Aunque estaba segura de haber asestado un buen golpe, era Duncan la que lo seguía después de todo. Se recuperaría en poco tiempo, así que corrió. Corrió todo lo que pudo, corrió por sobrevivir, corrió por su vida. Pero tenía que idear un plan, no podía permanecer siempre en el mismo lugar, corriendo sin ningún sentido. Así, cuando creyó que lo había perdido de vista, se paró y repasó el lugar. Se encontraba en un bosque, con árboles sin hojas y el olor de la muerte impregnado por todas partes. ¿Qué lugar era aquel? ¿No le resultaba familiar? Un momento… Mirando hacia adelante, pudo localizar una leve y fugaz luz que se percibía a lo lejos. ¡Sí! Si no le fallaba su instinto, se encontraba en la infinita entrada a la mansión de los ángeles. Así pues, sin más pensamientos, retomó su ritmo y fue hacia allá.

Llegó poco tiempo después, faltándole el aliento. Tenía que refugiarse dentro. Abrió la puerta y subió las escaleras hasta llegar a la biblioteca. A pesar de haber cruzado varios pasillos, no había encontrado a nadie por el lugar y aquello le parecía muy raro. ¿Qué estaba pasando?

De repente, escuchó un súbito golpe proveniente de la gran puerta de la mansión. Maldición, Duncan ya estaba ahí. Pero, ¿por qué huía de él? Vale, porque estaba intentando matarla, pero, ¿por qué razón quería hacerlo? Se había percatado de que sus ojos no eran como usualmente solía verlos, o como cuando se enfadaba. No. La oscuridad que los poblaba era terriblemente escalofriante y no sabía qué hacer. ¿Debía contactar con alguien? ¿Avisar de que Duncan se había vuelto peligroso? No. No quería que le pasara nada malo. Tenía que encontrar otra forma de hacerle volver en sí, pero ¿cómo?

Un estruendoso sonido se escuchó al lado de la sala de la biblioteca. ¡Joder! Ya estaba ahí. Buscó un sitio para esconderse y, de repente, al mover accidentalmente un libro de su zona, una de las estanterías se movió, dando lugar a unas escalerillas en forma de caracol que bajaban a algún extraño lugar. ¿De dónde había salido eso? Sin embargo, sin ningún planteamiento, entró y, casi al instante, la estantería volvió a su sitio ocultándola del exterior.

Decidió bajar lentamente las escalerillas, llevando cuidado por donde pisaba e intentando ver algo entre toda la oscuridad. Cuando finalmente terminó aquel trayecto, se encontró frente una puerta. Era vieja, con polvo y telarañas y de un color que no supo describir. ¿Debía pasar? ¿Por qué no? No perdía nada por intentarlo.

Se aproximó al picaporte y, cuando lo giró y entreabrió un poco la cancela…

Despertó de su sueño.

Se levantó de la cama, descubriendo, que se encontraba sola en su cuarto. Recordaba que se había quedado dormida después de que Mery… No quería pensarlo, no en aquel momento. ¿Qué había sido esa pesadilla? Se asociaba mucho a la que la perseguía en la mayoría de sus sueños, pero esa vez había sido más extenso, había durado más de lo normal y había descubierto cosas nuevas. ¿Acaso eso habría ocurrido en su pasado? No sabía por qué, pero algo le decía que no. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué se repetía una y otra vez?

Salió al balcón para despejarse. Quería olvidar todo lo que le había pasado a partir de conocer a Duncan. Quería volver a su antigua vida, a esa en la que todo era sencillo y no tenía ninguna complicación demasiado dificultosa. ¿Por qué le pasaba todo eso a ella? Si aquellos chicos no hubieran aparecido en su vida… Pero lo hicieron, y con ello apareció Duncan en su vida y todo lo relacionado con la arcángel. Quería volver, no haber vivido nada de aquello y menos después de que Mery le contara que…

Pero se le ocurrió una idea. No podría volver a su vida anterior, pero sí que podría marcharse de allí, a algún lugar en el que pudiera estar en paz y donde nadie la encontrara, al menos hasta que todo se solucionara y se sintiera preparada para volver. Sabía que después de lo que Mery le había contado retomaría el mismo paso que hizo antiguamente, pero no encontraba nada más que hacer. Sabía que heriría a su amiga y a Duncan, pero es lo único que deseaba en aquel momento. Desaparecer, de nuevo. Marcharse a hurtadillas. Pero, ¿a dónde? Se paró a pensarlo muy seriamente. Lo pensó una, dos, tres, cuatro, cinco veces… Y entonces la bombilla iluminó su mente. La iluminó como el sol ilumina el mundo al amanecer.

Así pues, sin detenerse ni un minuto, cogió todas sus cosas y se sentó en la barandilla del balcón.

-          ¿Hola? ¿Puedes oírme?

-          Claro que puedo escuchar tu voz.

En aquel instante, el ángel de las alas del color de la noche y el pelo como la nieve apareció ante ella.

-          ¿Ocurre algo? ¿Por qué me has llamado?

Ivett lo miró con los ojos enrojecidos. Intentaba contener las lágrimas que combatían furiosas por salir.

-          Sácame de aquí. Llévame a un lugar donde nadie pueda encontrarme.

Aquel ángel sonrió de una forma hechizante, aunque creyó percibir una especie de toque macabro. ¿Seguro que aquello era una buena idea?

-          Ven aquí, Alexandra. Abrázate a mí y agárrame fuerte.

Así pues, como si la afirmación que hubiera realizado surtiera efecto sobre ella, se levantó y se le aproximó muy, pero que muy cerca. Pasó sus brazos alrededor de su cintura y se agarró con toda la fuerza que tenía.

-          ¿A dónde me llevas?

-          Voy a llevarte a tu salvación, querida. Vas a venir conmigo al Mundo de los Eternos.

Y, alzando el vuelo, la sacó de aquel lugar que le provocaba unas peculiares nauseas. Adiós, pensó en su fuero interno. Y se marchó con el corazón sobrecogido.



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