¡Enganchados!

domingo, 23 de diciembre de 2012

Antes de que salga el Sol (VI.I)


El sonido de un leve golpe contra la puerta la sacó de sus sueños.

-          Ivett, ¿estás ahí?

Mery entró en el cuarto y se aproximó a ella.

-          ¿Ocurre algo?

-          Duncan me ha mandado buscarte.

-          ¿Duncan?- El nombre de aquel ser la estremecía por dentro de una forma inquietante- ¿Qué es lo que quiere?

-          No tengo ni idea, pero supongo que debe de ser algo importante. Me ha dicho que te vistas con algo ligero y cómodo y que vayas al jardín principal.

-          ¿El jardín principal?

Lo cierto es que no conocía mucho aquel lugar y tampoco se había tomado el tiempo para averiguar todos y cada uno de los escondrijos de la mansión.

-          Vístete. La ropa la puedes coger del armario que tienes a tu lado. Cuando acabes yo te conduciré hasta allí. Venga, rápido. Parecía que Duncan tenía prisa en que llegaras cuanto antes.

Se levantó de la cama y se dirigió al armario. Se puso unas mallas negras y una camiseta ancha de color rojo, en conjunto con unas converse. Al terminar, siguió los pasos de Mery hasta llegar a un amplio portón matizado con un tono cobrizo. La puerta se abrió casi al instante y dio a ver un enorme y espléndido jardín lleno de flores y plantas exóticas. Se adentraron en el interior y llegaron al punto céntrico donde Duncan apareció con un hermoso batido de sus rojizas alas.

-          Ya era hora. ¿Pensabas quedarte durmiendo todo el día?

Miró el reloj solo por mera curiosidad. Eran las doce de la mañana. Se extrañó ya que ella nunca había logrado dormir hasta esa hora debido a que sus pesadillas la solían acosar noche tras noche. ¿Cuál habría sido el motivo de que hubiera tenido un sueño tan placentero?

-          Lo siento, no me había percatado de la hora.

Duncan la miró un instante y desvió la vista. ¿Realmente no iba a decirle nada acerca de lo sucedido la noche anterior? ¿No iba a mostrar ninguna señal de interés hacia ella? Decidió que era mejor dejarlo pasar por el momento.

-          ¿Y bien? ¿Qué es lo que querías de mí?

-          Te he preparado un entrenamiento especial.

-          ¿Entrenamiento?

-          No podemos estar todo el día quietos esperando a que tus recuerdos vuelvan de la nada, así que he decidido realizar esta sesión para ver si por algún medio logras acordarte de algo.

Lo cierto es que era un buen plan. Él tenía razón en que no debía quedarse quieta y esperar a ver si sus recuerdos accedían a aparecer.

-          De acuerdo. ¿Qué es lo que has preparado?

-          Para comenzar, vamos a dar una vuelta.

-          ¿Una vuelta?

Y, en un abrir y cerrar de ojos, Duncan la tomó entre sus brazos y, desplegando sus alas, alzó el vuelo. La impresión del momento le obligó a cerrar los ojos y agarrarse a él en un intento de no caerse, aunque sabía perfectamente que él no la soltaría.

-          Ya puedes abrir los ojos.

Esas palabras la tranquilizaron lo suficiente y pudo volver a mirar a su alrededor. Dios… Por lo visto, en lo alto del jardín había una cúpula que daba al exterior y lo que vio la dejó fascinada. A pesar de que a su llegada solo había visto un lugar solitario y hostil, por lo visto, la zona de atrás de la mansión era un extenso y frondoso bosque poblado por cientos de especies vegetales y animales. Además, el cielo se había vuelto de un tono azul puro y las nubes habían desaparecido.

-          Madre mía…

-          ¿Te gusta?

La voz de Duncan le hizo volver a la realidad y recordó que aun se encontraba totalmente enganchada a él. Lo soltó poco a poco hasta quedar en la distancia apropiada en la que pudiera mantenerse sujeta para no caerse.

-          Es increíble. ¿Por qué la parte principal es tan contraria a esta?

-          Debemos ser cuidadosos. No queremos que ninguna persona inoportuna descubra nuestro refugio, por lo tanto hay que mantener una cierta apariencia para mantener alejados a los demás. Esta parte es únicamente accesible y visible a través de la cúpula por la que hemos salido, que solo puede pasarse volando.

-          Pero, ¿cómo lográis mantener todo esto?

Una risita se le escapó de su deliciosa boca y él se atrevió a mirarla finalmente a los ojos.

-          Supongo que tampoco recuerdas a Kiara. Su especialidad son las plantas. Tiene un don especial para cuidarlas y adora pasarse la mayoría del tiempo rodeada de ellas. Es también la curandera del clan y elabora las medicinas a través de brebajes procedentes de cultivos especiales que jamás muestra a nadie por miedo a que puedan hacer un mal uso de ellos. Lo cierto es que son muy efectivos y, aunque tiene un sabor tremendamente horrible, hace que las heridas muy profundas que nos podamos hacer sanen completamente.

-          Pero, ¿no se supones que os regeneráis vosotros solos?

-          El proceso de regeneración absorbe gran parte de nuestra energía, por eso, si la herida es leve logramos recuperarnos rápidamente, sin embargo, cuando la herida es más profunda, aunque podríamos sanarnos, acabaríamos exhaustos y no podríamos defendernos de casi ningún ataque. Por ese motivo, Kiara siempre nos da unos pequeños sobres con sus mezclas cuando vamos a luchar y si tenemos algún problema, un simple sorbo nos restaura casi completamente. La llaman “La Mano de la Diosa”. Ya debes entender el motivo.  

-          Es admirable. Ojalá yo tuviera un poder así.

-          Tú tienes otros poderes, lo que pasa es que aun no recuerdas como utilizarlos.

-          ¿En serio? ¿Qué clase de poderes poseo?

La sonrisa que se había dibujado en su rostro desapareció en aquel momento. Entonces volvió a apartar su mirada y descendió hasta el suelo.

-          ¿Ocurre algo?

-          No, nada. Por hoy ya hemos terminado. Mañana asegúrate de estar aquí a la misma hora, ¿de acuerdo? Puedes irte.

-          Pero…

-          ¡He dicho que te marches!

Sus ojos se habían vuelto de nuevo del color de la sangre y un aura oscura comenzaba a emanar alrededor de su cuerpo.

-          No pienso irme.

La seguridad se colocó en su mirada y no apartó la vista ni por un segundo de él. Parecía como una batalla interna entre ambos en la que ella no quería perder por nada del mundo.

-          Eso dijiste antes de abandonarme la última vez.

-          ¿Cómo?- La ira con al que Duncan la miraba la confundía- ¿A qué te refieres?

-          Si ni siquiera eres capaz de recordar quien eras, es imposible que entiendas de qué estoy hablando.

-          Pues si al menos me explicaras lo que ocurre podría entender lo que pasa.

-          Esto es lo que ocurre.

Y en un leve pestañeo, se colocó a su lado y la besó de manera efusiva. Otra vez no. Ella no podía dejar que él hiciera siempre lo que le viniera en gana, pero cuando trató de apartarlo, unas robustas manos le impidieron el movimiento. Sin embargo, ella no pensaba quedarse allí parada, así que tomando valor, le mordió el labio con rabia. Ante aquel acto, Duncan se separó al instante y ella logró escabullirse de su fuerza.

-          ¿Por qué? ¿Por qué siempre haces esto? Actúas como si no te importara y como si no fuera nadie para ti, pero en el momento menos esperado te abalanzas y me besas de esta forma. ¿Qué demonios tengo que pensar? No me acuerdo de ti por mucho que me esfuerce, pero algo en mi interior no quiere separarse de ti. ¿Alguien puede explicarme que me está ocurriendo?

Entonces, una luz blanquecina apareció de la nada y la envolvió como un cálido manto. Aquello le traía recuerdos. ¿Alexandra?

-          Exacto.

Justo enfrente de ella, su propio reflejo volvió a aparecer. Era ella misma de nuevo, con ese camisón del color de la nieve.

-          Estás aquí de nuevo, ¿por qué te marchaste la última vez?

-          Aun no es el momento.

-          ¿El momento? ¿El momento de qué?

-          Aun no puedes recuperar tu pasado.

-          ¿Cómo? ¿Mi pasado? ¡¿Por qué?!

-          ¡Ivett!- La voz de Duncan…

Y el manto blanquecino desapareció.

-          ¡Ivett! ¡Ivett! ¿Estás bien?

Por lo visto, se encontraba de nuevo entre sus brazos.

-          Sí… ¿Qué ha ocurrido?

-          Te has vuelto a desmayar, pero esta vez… Estabas hablando con alguien. ¿Qué has soñado Ivett?

Unas lágrimas comenzaron a rodar por sus rosadas mejillas y no se sintió con fuerza para detenerlas. Salían de una en una con fuerza, como si quisieran huir de ella misma.

-          ¿Ivett? ¿Por qué lloras?

-          No puedo…- Apenas fue un susurro.

-          ¿Qué? No te escucho.

-          No puedo… No puedo acordarme de ti.

-          ¿Cómo? ¿Por qué dices eso?

-          Alexandra me lo ha dicho. Yo aun no puedo recuperar mis recuerdos y por ello… No puedo acordarme de quien eres… Lo siento. Lo siento…

Se tapó la cara en un intento esperanzado de que él no la viera llorar más. No quería que viera su lado débil. No quería que él pensara que era frágil. No quería que él se alejara de ella para siempre. No quería… No quería que él la odiara. Sin embargo, una mano gentil se posó sobré su cabeza y comenzó a acariciarla tiernamente. Aquello la obligó a expulsar todas y cada una de las lágrimas y penas que su interior contenía. Lo abrazó con cariño y una especie de sentimiento que renació de algún lugar que había olvidado. Renació de su pasado. De aquel sitio al que aun no podía acceder. Aun no lograría acordarse de él, pero haría lo que estuviera en su mano para conseguirlo. Mientras él estuviera a su lado, sentía que podía mantenerse fuerte en cualquier momento. Él era su fuente de energía, era su templo más sagrado.




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