¡Enganchados!

sábado, 6 de octubre de 2012

Antes de que salga el Sol (V.II)

Capítulo 5.2

Ivett se levantó sudando de aquel sueño. ¿Acaso había visto lo que había visto? Aunque fuera una pesadilla había parecido muy, pero que muy real. Duncan sería capaz de… No. ¿Por qué pensaba aquello? Pero había sido tan real… Tanto que había sentido lo mismo que aquella pelirroja. Menos mal que solo había sido un sueño, porque o si no… Aleja ese pensamiento de tu cabeza. Pensó en su fuero interno mientras se levantaba de la cama. Estaba sola, aunque había una bandeja en una de las mesillas con unos sándwiches y unos zumos de fruta que seguramente Mery le habría dejado ya que ella sabía a la perfección cuanto le gustaban aquellas cosas. Se acercó a una de las ventaras y, cuando miró al exterior, lo vio. Duncan llegaba volando y aterrizó justo a la entrada de la mansión. Su rostro parecía un muro de hielo y sus ojos verdes eran como piedras en aquel rostro. ¿Le habría pasado algo? O quizás… No. Imposible. Sin embargo… Decidió que quedarse allí sentada no le daría la información que quería, así que se levantó y salió de la habitación escopetada. Bajó las escaleras a un ritmo atroz y justo cuando estaba llegando al final, sus pies le fallaron estúpidamente y fue a caer al suelo cuando unas enormes manos evitaron que su cuerpo sufriera daños. Ascendió la miraba y se encontró con el frío glaciar del Polo Norte. Duncan la había salvado, pero tenía la sensación de que corría menos peligro lejos de él.

-          Gracias- Dijo mientras se incorporaba- ¿De dónde vienes?

-          De cazar.

Un escalofrío le recorrió el alma ante aquellas oscuras palabras. Todo su ser desprendía un aura asesina y tentadora, como un cierto sabor al chocolate más puro.

-          Y, ¿qué tal?

Sabía que aquella pregunta era ciertamente estúpida, pero fue lo mejor que pudo preguntar.

-          ¿Tengo que responder a eso?

-          No… Claro que no.

-          Muy bien. Entonces, adiós.

-          ¡Espera!

Y justo cuando iba a pasar por su lado, sin previo aviso, su brazo se alargó para agarrarse a su camiseta. No entendía por qué había ordenado su cerebro tal acción, pero decidió hacerle caso por esa vez.

-          ¿A dónde vas?

Su cara reflejaba la necesidad de apartarla de un fuerte golpe y largarse de allí, pero sabía que no debía hacerlo.

-          A mi cuarto. Necesito una ducha.

Solo llegó a percatarse de que iba manchado de sangre completamente cuando pronunció esas palabras.

-          ¿Qué te ha ocurrido?

-          ¿A mí?- Una sonrisa de lo más despiadada apareció- Yo no he sufrido ningún daño, tranquila.

-          ¿Seguro?

La miró esta vez de una forma diferente. La escrutó de una manera tan intensa que se estremeció por dentro y notó que ciertas partes de su cuerpo despertaban ante aquellos ojos del color de la hiedra.

-          Sí.

Y ya no pudo hablar más debido a que unos impulsivos labios fueron a impactar contra los suyos en un beso desgarrador. Su boca le supo a guerra, a muerte, a sangre, pero… También le supieron a un cierto toque de melocotón, su fruta favorita. Formaban una extraña mezcla que le hizo sentir como en el infierno más deseado que existiese. Al separarse, no pudo evitar que su cuerpo ardiera por zonas que no debían y que le costara respirar de una forma demasiado sensual. Él clavó aquellos ojos de serpiente en ella y la tomó entre sus brazos cual princesa de cuentos de hadas, solo que sabía que no acabaría con un final demasiado puro y perfecto. No. Lo que aquel hombre iba a hacerle debería estar prohibido y lo sabía perfectamente, pero no puedo evitar que aquellos brazos la envolvieran como una cálida y suave manta a los que se aferró con fuerza.

Llegaron a su habitación. Era una sala de tonos oscuros y tenebrosos, pero en aquella situación creaba cierto aspecto erótico. Él la dejó sobre la cama y comenzó a besarla con impaciencia, como si no quisiera perder ni un segundo de tiempo. La besó en la boca, en el cuello y le dio unos sabrosos mordisquitos en la oreja que le hicieron humedecer cada vez más. ¿Quién era? ¿Un Dios del sexo o algo parecido? Pues no le importaba si le enseñaba algún truco que otro… Una de aquellas enormes y perfectas manos fue a parar a uno de sus pechos y jugó con él hasta que le hizo soltar un pequeño alarido de placer. Sin embargo, ella no tenía pensado quedarse en el primer plano todo el tiempo. Sus manos fueron a parar a la parte de atrás de su cabeza, y le agarró su negra melena con una insistencia de lo más atrayente, hasta que consiguió colocar de nuevo los labios de aquel macho sobre los suyos. Le besó con furia, con pasión. Y le recordó a una película porno que había visto una vez sin querer haciendo zapping a altas horas de la noche. Él respondió al beso con agresividad y le mordió su labio inferior de una manera demasiado satisfactoria que hizo que estuviera a punto de explotar.

-          Dios… ¿Qué se supone que eres?

Ante el sonido de su voz, se detuvo. Ivett lo miró confusa ya que no comprendía porque se había parado de una manera tan repentina.

-          ¿Te ocurre algo?

-          No… Ivett. No debemos hacer esto.

Duncan se levantó raudo de la cama y ella se quedó mirándole sin comprender nada.

-          Por favor… Vuelve a tu habitación y no vengas más a verte hasta dentro de unas horas. Necesito descansar.

Ivett siguió sin entender que era lo que había hecho que aquel ángel se echara atrás en ese momento, pero cuando vio el misterioso dolor que desprendían sus ojos, se puso de pie y se marchó fuera de la sala. Por un segundo permaneció fuera, como si esperara que el ángel saliera de un momento a otro y la volviera a sumergir en el mundo del deseo, pero se dio cuenta de que no sucedería tal cosa y, maldiciendo entre dientes, se fue y se encerró en su cuarto por un largo tiempo.




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