¡Enganchados!

viernes, 21 de septiembre de 2012

Más allá de mis sueños (I.I)

Capítulo 1.1


     “Todo estaba negro. La penumbra se cernía sobre mí y no sabía donde estaba, ni a donde ir. A lo lejos, como apareciendo de la nada, surgió una luz. Fui acercándome hasta colocarme escasamente a tres o cuatro pasos de ella. Resultó que el brillo era una mujer, pero no una cualquiera. Tenía la elegancia y la belleza de una Diosa. Su pelo, rubio como el sol, hacía unos surcos preciosos convirtiéndose en rizos perfectos al final y sus reflejos dejaban ver un color cobrizo. Sus ojos eran de un azul grisáceo, como en un día de lluvia, que seguramente harían que cualquier hombre cayera rendido a sus pies. Su cuerpo era alto y esbelto y poseía unas curvas que incitaban a la locura. Era un ser imperial como la reina de un importante país.

     Pude observar como la joven se giraba y miraba hacia un punto en concreto. Entonces, de algún lugar remoto, apareció un niño. Era menudo, frágil, delicado como una flor. Estaba jugando con una pelota rosa y parecía divertirse mucho. Sin embargo, la pelota desapareció cuando la mujer le impidió el paso y esta se fue rodando. Levantó la vista y se miraron a los ojos. Los tenían del mismo color, y la única diferencia que atisbé fue su intenso y reluciente cabello. Lo tenía del color de la noche y resultaba tan excitante como peligroso. La chica, sin dar tiempo a que el muchacho reaccionara, lo cogió por el cuello y, tras unos angustiosos instantes, lo mató. Era una escena horrible, sucia, llena de dolor y sufrimiento. De sus luceros comenzaron a emanar delicados pedazos de cristal, que salían con tanta fuerza, que le llegaron a sangrar. ¿Qué demonios era todo aquello?

     De nuevo, ella se puso recta y en la misma pose imperial de antes y esta vez se giró hacia otro lado… O bien había alguien detrás de mí, o me estaba mirando a mí. En un súbito ataque de pánico, me di la vuelta y salí corriendo como pies que lleva el diablo, pero ella era más veloz. Al poco tiempo de la huida, me agarró del brazo y me paró en seco. Cerré los ojos en un estúpido intento de pensar que no me haría daño. Pareció que Dios me había escuchado, ya que no percibí ni el más mínimo golpe por su parte. Entreabrí un ojo y ella me escrutaba con ojos destrozados, como si lo que había hecho hubiera sido sin querer. Y me dijo:

-          Guarda mi secreto.

     Y desperté con la respiración entrecortada y los latidos del corazón a cien por hora.”




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