¡Enganchados!

jueves, 6 de septiembre de 2012

El Diario de Laura Escobar (I.V)

Capítulo 3

     Al día siguiente, el cielo apareció nublado. Tenía pinta de que iba a llover, pero yo necesitaba buscar trabajo y salí fuera del hostal. Compré un periódico y leí la sección de trabajos. Fontanero, limpiadora, ingeniero, pintor, enfermera… Con mis estudios lo máximo que me podía permitir era limpiadora, pero no tenía ni idea respecto al asunto. Fui caminando por las calles sin rumbo alguno hasta que, de repente, comenzó a llover con fuerza. Salí corriendo y me metí debajo de una cafetería para resguardarme. Y de repente, lo vi. Un cartel de trabajo que buscaba camareras. Entré dentro y no me gustó lo que veía. El sitio estaba ocupado solo por viejos que jugaban y bebían sin parar. No me agradaba eso, pero no podía permitirme otra cosa. Me puse en la barra y pregunté por el jefe.
     Después de un buen rato esperando, por fin, apareció un hombre de aspecto cansado y enfermizo.
-         Dígame, ¿qué desea?
     Su voz era débil y sus movimientos torpes.
-         Pues he visto el cartel de que está buscando camarera, así que me preguntaba que tenía que hacer para trabajar aquí. ¿Tengo que rellenar algún papel o algo?
     Por supuesto, me había traído conmigo mis títulos de ESO y Bachiller. El hombre me observó de arriba abajo y contestó.
-         Si me enseña sus títulos y me rellena un formulario para su estancia, podrá empezar mañana.
-         ¿Nada más que eso? Me pensaba que tendría más solicitudes a pesar de la mía.
-         Ay, hija mía. Aquí no viene nadie joven desde hace veinte años, menos un joven que trabaja para mí porque es mi sobrino.
-         Bueno… Entonces aquí tiene mis títulos y deme ese formulario, por favor.

     El señor echó un vistazo a los papeles y me trajo el papel.
-         Rellene esto y empieza mañana. Encantado de trabajar con usted.
-         Igualmente. Le veo mañana.
     Salí de ahí y me encaminé al supermercado más próximo. La lluvia había cesado y el sol volvía a brillar, aunque no se veía mucho por los edificios que cubrían el terreno.
     Compré comida, bebida y lo suficiente para poder pasar un largo tiempo. De los quinientos euros que había traído me quedaban trescientos noventa. Con eso más el pago con el trabajo, podría vivir hasta conseguir un sitio mejor donde dormir. También, quería estudiar algo para no ser una simple camarera de un bar de ancianos alcohólicos. Así que, con el periódico que había comprado, busqué cursos baratos de estética, peluquería o algo dedicado al arte. Mi sueño siempre había sido ser profesora de música, pero con el escaso dinero que tenía, hasta que no encontrara un trabajo decente, no podría pagarme mis estudios.
     Dejé la compra en el cochambroso frigorífico que apenas funcionaba y bajé al salón central del edificio. Me senté en el sofá más decente que vi y me puse a leer el periódico. Para mi sorpresa, había una noticia en la que me nombraban:

     “Se busca a una joven que, por la información que nos han dado, ha desaparecido de casa sin razón alguna. Sus padres están muy preocupados y no se sabe nada de ella desde hace un par de días. Si alguien sabe de su paradero, que informe a la policía. Su nombre es Laura Escobar y tiene dieciocho años. Sus familiares le han dejado una petición:
-      Laura, donde quiera que estés, por favor, vuelve. Papá y yo te echamos de menos, así que vente para casa cariño.
Dejamos su foto expuesta para que la gente pueda reconocerla.
Gracias por su colaboración.”

     La foto que habían puesto era una que me había hecho para regalársela por su aniversario. Salía con un vestido blanco, muy bien arreglada y sentada en un banco con una margarita en la mano. Era un gesto de paz para ver si comprendían el dolor que estaba sintiendo y para que entendieran que lo mejor era solucionar sus problemas. Sin embargo, ellos lo tomaron como otro regalo más y lo colocaron en un rincón oscuro de la casa.
-         No padres. No pienso volver jamás.
     Hablé en voz alta sin darme cuenta y cerré el periódico en ese mismo instante. Al hacerlo me di cuenta de que alguien se había sentado al lado mía en el sofá. Era una muchacha de unos veinticinco años, de pelo negro azabache y ojos verdes profundos. Era alta y esbelta y parecía de otro país.
-         La del periódico eres tú, ¿no?
     Esa pregunta me dejó sin habla. Me habían pillado y no podía negarlo.
-         Si… ¿Vas a decir algo al respecto?
-         No, no me interesan tus asuntos. Son tus problemas.
     ¿Por qué preguntaba estupideces si luego me iba a soltar eso? Vaya tía más tonta.
-         Entonces, ¿por qué preguntas?
-         Porque me apetecía hacerlo.
-         Pues no es cosa tuya, ¿de acuerdo? Así que no digas nada.
-         Yo digo lo que me da la gana.
     Aquella chica me estaba poniendo de los nervios cada vez más.
-         Déjame en paz y vete a freír espárragos.
-         Lo siento, pero no se freír. ¿Me los fríes tú?
     Me tocaba las narices cada vez más.
-         Vamos a ver… ¿Cuál es tú problema?
-         No. La pregunta es, ¡¿cuál es tu problema?!
-         ¡¿Mi problema!? Vamos a ver tía. Mi problema eres tú así que, ¿por qué no te largas?
-         No, ¡por qué no te largas tú!
-         Porque yo vivo aquí y no eres nadie para decirme que tengo o que no tengo que hacer.
-         Sí que puedo.
-         ¿A si? ¿Quién eres? ¿La dueña? Vamos, vete a la mierda y déjame en paz.
-         Pues si mira, lo soy.
     Me quedé paralizada. La toca narices esta, ¿era la dueña? Pues sí que la tenía jodida.
-         Ah… Lo siento. No lo sabía.
-         Claro que no lo sabías, pero no pasa nada te perdono.
     Y encima, ¿ella me perdonaba a mí? Había que fastidiarse.
-         Es que llevo unos días pésimos y mi vida es una mierda.
-         Si te has escapado de casa es normal.
     Y encima tenía que aguantar sus ironías. Esto era lo peor.
-         Creo que lo mejor será que olvidemos esta conversación.
-         Si, será lo mejor.
-         Es que… Nada me va bien y no hay nada que mejore mis días.
-         Tranquila, yo estoy igual. Vivo en un sitio que da pena, no tengo un puto duro y ninguna relación que mejore mi humor. Por eso soy así. 
-         Te entiendo. La vida es un asco, ¿eh?
-         Y que lo digas.
     Tras un tiempo en silencio, la chica volvió a hablar.
-         Por cierto no me he presentado. Soy Caterina, aunque todos me llaman Cati.
-         Encantada Cati. Yo soy Laura, pero no tengo ningún apodo especial como el tuyo.
     Las dos nos reímos a la vez. Me estaba empezando a caer bien al final.
-         Y bueno… Te has escapado de casa, ¿no?
-         Pues como lo ves. Mis padres y yo teníamos muchas peleas y malos asuntos.
-         Bueno. Tú al menos tienes padres.
-         ¿Tus padres están muertos?
     La había cagado otra vez. Antes pasó con Daniel y ahora con Cati.
-         No, pero soy huérfana. Me abandonaros cuando era muy pequeña y, como nadie me adoptó, a los dieciocho salí y me busqué la vida como pude.
-         Y, ¿no sabes quienes son ellos?
-         No, ni me interesa. Si me han abandonado es porque no tenían los cojones de cuidar de mí por mucho que les costara y a mí esa gente no me gusta, pero tranquila. Yo me sé buscar las cosas por mí misma y arreglármelas sola.
-         Pues eres muy fuerte, porque yo estoy en una etapa en la que todo me sale mal. Bueno… Una etapa que llevo toda la vida viviendo.
-         Y, ¿qué te ha traído a Madrid? Exactamente a aquí.
-         Cuando me marché de casa cogí el primer tren que pude sin mirar ni oír ni siquiera el nombre de las paradas. Sencillamente me dejé llevar hasta el final y me daba igual donde parara. A pesar de eso, ya había buscado unos lugares donde alojarme que fueran baratos y este era uno de ellos.
-         Así que te daba igual donde acabar mientras te alejaras de tu casa, ¿eh? Es una idea extraña, pero vamos… Tú haces lo que quieras. Que sepas que puedes quedarte todo el tiempo que quieras aquí, ¿de acuerdo? ¿vas mal de dinero o algo?
-         Bueno, voy tirando. Puedo pagar la estancia y he encontrado un trabajo como camarera en una cafetería llamada… Creo que era “El Centro del Café”.
-         ¿El Centro del Café? Joder, te has buscado un lugar malo para trabajar.
-         ¿Y eso?
-         Porque según tengo oído, allí solo van viejos alcohólicos y el jefe es un pervertido. Pero no me hagas caso porque nunca he trabajado ahí.
-         Lo de los viejos no te lo desmiento, pero lo del jefe… No tenía pinta de eso. Es más, parecía débil y cansado. Además me ha contratado a la primera así que pienso que no es mala persona.
-         A lo mejor eso es mentira… Bueno es igual. Una cosa, ¿conoces ya los sitios de Madrid? Si quieres, puedo enseñarte la ciudad. ¿Mañana te viene bien?
-         La verdad es que mañana empiezo el trabajo.
-         Y, ¿cuándo tienes un día libre?
-         Los fines de semana no trabajo. Solo de Lunes a Viernes.
-         Si te apetece, ¿quieres venirte conmigo de fiesta?
-         ¿De fiesta? Pero no tengo ropa para salir.
-         ¡No te preocupes por eso! Yo puedo prestarte algo. ¿Cuántos años tienes?
-         Dieciocho, ¿y tú?
-         Yo tengo veintinueve años, pero la gente siempre piensa que soy más joven.
-         Pues la verdad es que sí que lo parece pero,  ¿con esa edad ya tienes un hotel?
-         No es un hotel. Esto antes era un edificio en ruinas y me costó muy poco comprarlo. Tuve suerte la verdad, porque aquí en Madrid las cosas están muy caras.
-         Pues sí. En fin… Entonces, ¿nos vemos el viernes para salir?
-         De acuerdo. Te enseñaré el centro y nos iremos a beber un poco.
     Miré el reloj y vi, con sorpresa, que ya había pasado el tiempo rápido y se me había hecho tarde.
-         Me voy a mi habitación que tengo que dormir para mañana. Hasta el viernes Cati.
-         Hasta el viernes Laura y que te vaya bien en el curro.
     Sonreí y asentí con la cabeza. Subí las escaleras, entré en mi cuarto y caí en la cama rendida del cansancio.

     El sonido del despertador me hizo abrir los ojos que tenía pegados por las legañas. Me metí en el baño y me lavé la cara a fondo con el agua congelada. Para desayunar, me tomé unas tostadas del pan que había sobrado ayer y les puse un poco de mermelada de fresa, ya que no quería usar mucha porque tenía que administrar bien mis alimentos para que me duraran.

     Al cabo de un rato, cuando hube recogido y limpiado todo, me vestí de negro el pantalón, de blanco la camiseta y me fui directa al trabajo. Por el camino, tuve la corazonada de que algo malo me iba a pasar, pero dejé de darle vuelta y mantuve la mente en blanco hasta llegar al bar.
     Una vez dentro, el jefe me saludó.
-         Bienvenida Laura, ¿qué tal estás?
-         Muy bien, señor.
-         ¡Oh! Por favor no me llames señor, llámame Eugenio.
-         Claro… Eugenio.
-         A ver, voy a presentarte a tu compañero, ¿de acuerdo? Espera un momento.
     Se marchó por una puerta que llevaba adentro donde se cocinaban y limpiaban las cosas. Al rato, salió acompañado de un muchacho joven. Era rubio, tan rubio que su pelo parecía blanco, sus ojos eran marrones y era muy alto.
-         Laura, este es Roberto Castillo y tiene veinte años.
-         Encantada Roberto. Yo soy Laura Escobar y tengo dieciocho años.
-         Encantado.
     Su voz era grave y seductora. Sonaba como un potente instrumento que te hipnotizaba con su melodía. Aunque parecía de pocas palabras.
-         Bueno, él te va a explicar todo y te enseñará todas las cosas que tendrás que hacer. Roberto repartíos las mesas entre los dos y poneos con la labor, ¿de acuerdo?
-         Sí, señor.
     Se dio la vuelta y Eugenio se marchó. Mientras tanto, Roberto me miró directamente a los ojos.
-         A ver qué hago yo contigo…
     ¿Estaba de broma? ¿Qué le parecía que era? ¿Un estorbo? Pues me daba lo mismo lo que pensara. Yo iba a trabajar para ganar dinero y no para otra cosa.

-         El número de mesas son pocas. Hay en total diez mesas, por lo que cinco para cada uno. Tú te encargas de las cinco primeras y yo de las cinco segundas. Toma este libro y apréndete todos los platos, aunque tranquila que no hay muchos. Lo importante son las bebidas porque la mayoría piden cafés, alcohol y demás. Raro es que pidan algo de comer o que haya alguien joven. Lleva cuidado con los de la mesa tres porque siempre están en la misma mesa y van a ponerte bonita de pies para arriba. Por lo demás… Creo que ya está. ¿Lo has entendido?
-         Si…
     Y parecía que era de poco habla… Al menos parecía saberlo todo y tenerlo en orden. Sabía trabajar bien.
-         Pues venga. A trabajar.
     Sí que iba rápido este hombre. Pero bueno, vamos con la labor.


-         Bienvenidos, ¿qué desean tomar?
     La mesa tres… Por lo que me había dicho Roberto, esta era la peor de las que me habían tocado. Rezaba porque no pasara nada.
-        Hola, ¿tú eres la nueva, chata? Pues vaya tías más guapas que contratan aquí, ¿no? Pero si eres rubia… ¿Debes de ser tontita, no? Entonces… ¿Por qué no nos invitas a algo?
-         Lo siento, no soy tonta y, lo siento, aquí no se invita a nada a no ser que sea el jefe. Y bien, repito, ¿qué desean tomar?
     Les sonreí con la sonrisa más falsa que pude poner, pero de repente, estiró la mano y me tocó el culo. Cuando iba a contestarle dándole una bofetada, Roberto me agarró y se puso delante de mí.
-        Disculpe señor. Aquí la gente viene a tomar algo y no a tocar a las camareras, que trabajan duramente, en partes obscenas. Si no quiere comer ni beber nada, será mejor que se levante y desaloje el sitio. Y eso va por todos los que aquí sentados vayan a hacer lo mismo, ¿de acuerdo?
     Increíble. Dicho eso, los señores se levantaron de la mesa y se fueron. Había conseguido echarlos de una manera directa y educada. Además, me había ayudado de manera que no pudiera perder mi empleo. Aun me mantenía agarrada del brazo y con las mismas se acercó a mi oído y me dijo:
-       Creía que la norma de “No golpees a los clientes” la tenías clara.
     Y con las mismas, me soltó y siguió a lo suyo. Era un poco engreído, pero, al fin y al cabo, me había salvado.



No hay comentarios:

Publicar un comentario