¡Enganchados!

lunes, 10 de septiembre de 2012

Antes de que salga el Sol (V)

Capítulo 5


Nunca había acabado de comprender la extraña sensación que recorría su cuerpo cuando sus manos agarraban las cabezas de aquellos asquerosos Súrdavar y las separaban de sus cuerpos sin apenas un ápice de piedad. Los alaridos y gritos que daban no eran más que simples melodías para sus oídos, y cuando trataban de resistirse más de lo normal sacaba su navaja y les rebanaba el cuello en menos de un segundo.

Ese siempre había sido su trabajo. Destruir a todos aquellos que significaran un peligro para su clan. Él era el jefe y tenía la obligación de hacerlo. Hasta ahora había logrado estar donde estaba gracias a la facilidad y frialdad que había demostrado para ganar en todas y cada una de las batallas que habían tenido durante tantos años. Sangre, llantos, muertes, peleas, perder lo que te importa… Había llegado a ver tantas escenas violentas y tristes que ya nada malo o sanguinario que ocurriera le sorprendía. Había aprendido a vivir con el peso de la muerte. Sabía que no debía depender de nadie y que tenía que mantenerse lo más solo posible. Solo así conseguía permanecer a salvo y sobrevivir a cualquier amenaza que se interpusiera en su camino. Ya cometió un error en el pasado y jamás volvería a cometerlo. No después de que ella hubiera aparecido… ¡Rayos! Hasta en sus pensamientos más oscuros tenía que aparecer la contagiosa luz que aquella mujer transmitía. ¿Por qué? ¿Por qué no conseguía apartarla de su mente? Con todo lo que había pasado, había aprendido a alejarse de todo lo que le pudiera brindar un poco de debilidad. La debilidad hacia aquello que anhelas, hacia lo que realmente deseas. El tipo de debilidad que te hace humilde y te permite elaborar la serie de estupideces que los humanos pueden cometer. Humanos… Exacto. En toda su vida había mantenido la fuerte idea de que eran distintos. Ellos eran poderosos, inteligentes y estaban brindados por unos extraños dones que solamente su clan podía poseer. Los humanos eran débiles, mentirosos y siempre trataban de alcanzar sus metas fuesen cuales fueran los actos que tenían que cometer (por muy malos que se considerasen). ¿A caso eso era lo único que realmente los diferenciaba? ¿El deseo? ¿Las fuerzas que muchos encontraban con tan solo el deseo de querer proteger lo que más quieres? Sin embargo, con la energía sobrehumana con la que había sido bendecido podía vencer a todo aquel que se le pusiera delante, así que… ¿Por qué? ¿Por qué diablos sentía la necesidad de raptar a aquella chiquilla de ojos del mar y cabello del sol para aprisionarla en algún lugar en el que pudiera mantenerla siempre a salvo y solamente para él? Ese había sido el único pensamiento que había rondado su cabeza. Desde que la había visto por primera vez después de tanto tiempo…

Se negó a seguir con aquella idiotez y se dio una vuelta por el lugar más abarrotado de toda la ciudad. Seguro que si andaba por allí podría encontrar algo que le diera un poco de diversión. Justo… En el momento en el que pisó la entrada de un lujoso y moderno pub, una pelirroja despampanante lo miró con ojos devoradores y no tardó en colocarse al lado suyo.

-          ¿Estás solo esta noche, guapo?- El sonido de su voz daba a ver que había tomado unas copas de más- ¿Por qué no te vienes conmigo un rato?

-          ¿Sí? Y, ¿qué puedes ofrecerme que no pueda encontrar en otro sitio?

El poder de atracción que su raza tenía sobre el lado opuesto de los humanos siempre había sido muy efectivo y la pelirroja no tuvo vergüenza en admitir lo que esperaba.

-          Pues… Sinceramente, puedo llevarte a un encantador lugar en el que mi cuerpo y alma serán tuyos esta noche.

No pudo evitar sonreír con cierto cinismo ante la oferta tan abierta que le había dicho la chica.

-          Está bien- Dijo tomando con agilidad uno de los mechones rojizos de su pelo- ¿Qué lugar es ese?

Y, tras un vistazo rápido que se dieron mutuamente, la pelirroja le agarró de la mano y lo condujo casi con desesperación hacia una zona en la que pudieran estar solos y sin nadie que les molestara.




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