¡Enganchados!

domingo, 12 de agosto de 2012

Más allá de mis sueños (I)

Capítulo 1

     Por mucho que me costara mantener los ojos abiertos, no podía dormirme. Aquella noche no. Tenía el presentimiento de que nada bueno me esperaba en el mundo de los sueños y que seguramente las pesadillas me acorralarían sin dejarme escapatoria. Miré el reloj de nuevo. Las cuatro y media de la mañana. No hacía ni dos minutos que había mirado el móvil y el tiempo transcurría demasiado despacio. Decidí levantarme de la cama. No podía fiarme en aquel momento de la comodidad y calidez que me ofrecía, y menos cuando la oscuridad me acechaba cada dos por tres… Me dirigí a mi nuevo portátil, un HP Windows 7 de color azul eléctrico. Me lo había comprado hacía poco con unos ahorros que había ido guardando y no me había despegado de él desde entonces. Lo encendí y me quedé enfrascada leyendo el libro que me había descargado: “En el país de la nube blanca”. La verdad es que nunca había leído muchas novelas, pero, desde que un amigo me lo había recomendado, me había quedado totalmente enganchada.  Lo cierto, es que Sarah Lark escribía cosas preciosas, hacía arte.


     Cuando llegué a leer tanto que comenzó a dolerme la cabeza, volví a mirar la hora. Las seis y media. Me acerqué a la ventana y corrí las cortinas. Apenas empezaban a vislumbrarse los primeros rayos del sol y no había nadie por las calles. Seguramente no habría ninguna cafetería abierta y no podría entrar a tomar mi café de las mañanas hasta más adelantado el día. Sin embargo, decidí salir a darme un paseo. No conseguiría nada quedándome encerrada y cediendo ante la somnolencia, así que me puse unos vaqueros ajustados, la primera camiseta color blanco que encontré en el cajón y unos botines a juego. Guardé todo lo importante y salí de casa, no sin antes recorrérmela de esquina a esquina para comprobar que todo estaba en orden. Lo cierto es que me encantaba mi hogar. Era un pequeño piso situado a las afueras de Nueva York. Cuando vine por primera vez en busca de vivienda, supe al instante que viviría aquí. Era un lugar tranquilo, un sitio en el que me sentía a gusto y podía cobijarme y aislarme de todo lo demás. Era mi refugio.


     Una vez finalizado el recorrido, salí del edificio. El viento cálido del mes de Junio acarició mi cara y un cierto olor a caramelo se instaló en mí. Seguí aquel aroma atrayente por diferentes calles hasta llegar a un pintoresco lugar. La zona de fuera estaba completamente cubierta por dibujos y figuras de lo más extrañas y se notaba la delicada elaboración de la obra. De repente, lo volví a percibir. Aquella fragancia caramelizada seguía en el aire y tuve la sensación de que me incitaba a entrar. Con cuidado, fui abriendo la puerta y, cautelosamente, pasé.


- Bienvenida.



     La voz que emergió de repente me dio un susto tremendo. Fue tal, que le di un golpe a una lámpara y la tiré al suelo haciéndola añicos.



- ¡Perdón! Ha sido sin querer. Em… ¿Cuánto cuesta? Lo pagaré.

- No te preocupes, ese objeto iba a retirarlo de la tienda hoy mismo ya que nadie lo compraba.


     Una señora de unos setenta años apareció por uno de los pasillos de la estancia. Era menuda y las arrugas recorrían cada una de las partes de su cara. Tenía unos ojos de lo más peculiares. Eran grises, de un gris tan claro, que parecían hasta blancos y una larga melena totalmente invadida por las canas. Sin embargo, a pesar de los cambios que la vida había dejado en ella, tuve un extraño sentimiento, como una imagen que pasaba por mi cabeza, en el que pude notar la antigua belleza que tuvo aquella mujer. Se acercó a mí y me miró directamente.



- Eres muy bonita.



     No logré evitar que mis mejillas ardieran y que un color llameante las iluminara. No estaba acostumbrada a que me piropearan, así que sonreí de manera cordial.



- Gracias- El tono de mi voz era más seguro- Usted también.

- ¡Oh, querida! Que cosas dices. Yo ya soy muy vieja y carezco de guapura.
- Pero seguro que en otros tiempos fue realmente preciosa. O al menos en otra vida- Dije bromeando, aunque tenía una sensación de que mis propias palabras eran ciertas.


     En un instante, el semblante de la anciana cambió, oscureciéndose de repente, y pude notar el asombro en sus ojos. Entonces, ella extendió la mano y cuando tocó la mía… todo se hizo oscuro. 






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