¡Enganchados!

jueves, 23 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV.I)

Capítulo 4.1


Había decidido levantarse. No iba a conseguir nada si se pasaba todo el día en la cama metida. Llevaba puesto unos tejanos rasgados que había encontrado en uno de los armarios polvorientos que había en la habitación y una camisa blanca que le venía dos o tres tallas más grande. Se había recogido el pelo con una coleta de caballo alta y se había maquillado con lo poco que había traído en su bolso. Se miró al espejo. Al menos no iba horrible… Entonces cogió la puerta y salió de aquella sala. Se encontró con un infinito pasillo iluminado con antorchas y el suelo cubierto de una larga alfombra azul marino. Pudo percibir algo parecido a unas huellas en el suelo, así que decidió seguir aquel rastro esperando llegar a algún lado. Las señas le llevaron a una pequeña habitación. Estaba repleta de libros por todas partes y había algunas butacas (de bastante buena calidad) colocadas de manera simétrica cerca del fuego de una chimenea para poder leer bien. Decidió inspeccionar los tomos. Eran todos muy antiguos y muchos de ellos no se les entendían ni el título debido al desgaste de haberlos usado tanto. Se paró en frente de un libro que se hacía llamar “El arcángel caído”. Lo cogió y abrió en una página cualquiera y comenzó a ojearlo. Le llamó la atención una parte:

“Todos estaban en contra suya. Ya nadie le comprendía y había perdido la razón de su existencia. Sus seres más queridos habían muerto y todo había sido culpa suya. Se maldijo a sí mismo por haber sido quien era y por haber cometido el error que nunca debería haber hecho. No le quedaba nada y lo único que hizo fue rendirse. Rendirse ante el mal. Dejarse invadir por lo impuro y no volver a ser quien era. Decidió por propio juicio envolverse con la oscuridad. Decidió… que sus alas se tiñeran de negro mientras la locura lo invadía por dentro y lo introducía al mundo de las sombras. Ya jamás sería un ángel puro y perfecto. No. Ahora se convertiría en lo que él siempre había temido. Se transformaría en un ángel caído, un demonio. Sería para siempre… un Súrdavar.”

-          ¿Te parece interesante?

Cerró el libro de un súbito golpe y dio un salto en cuanto se percató de la presencia tan cercana de Duncan. ¿Cuándo demonios había llegado? No sabía como lo había hecho, pero no lo había escuchado ni dar un simple paso. Lo miró con ojos acusadores, como quien espía a alguien cuando está en una situación complicada y es pillado con las manos en la masa.

-          ¿Desde cuándo llevas ahí?

Él la miró de arriba abajo como si estuviera sicoanalizándole. No sabía en qué estaba pensando, pero no parecía ser nada bonito. Sus ojos irradiaban ciertas chispas de odio, como si le hubieran contado una terrible historia. ¿Qué es lo que le pasaba?

-          Llevo aquí desde que cogiste ese libro y comenzaste a leerlo. ¿Te gusta? Parecías muy concentrada en ello. Si quieres puedes quedártelo. La verdad es que el tema de la novela pega mucho contigo.

¿Acaso era una ironía? Pues mucha gracia no le hacía. No le importaba si estaba de un humor de perros, pero eso no era motivo para echárselo en cara.

-          ¿Cómo has llegado? Ni si quiera te he escuchado entrar.

-          ¿Recuerdas que tengo alas? Pues para nosotros ir suspendidos en el aire es lo más normal que te puedes encontrar.

-          Ah… Claro.

Desvió la mirada y dejó el libro en su sitio. Luego se acercó al fuego y quedó como hipnotizada ante él. Las llamas se movían de un lado a otro y los tonos iban tornándose más claros o más oscuros.

-          Deberías llevar cuidado princesa. Si te pones demasiado cerca, te quemarás. Aunque no estaría de más un pequeño susto…

Ahora si que se había enfadado. Pero, ¿quién se creía que era para hablarle así? ¿Su padre?

-          Vamos a ver. ¿A ti que cojones te pasa conmigo? ¿Eh? ¿Tienes algún problema? Porque si es así estaría bien que me lo dijeras de una vez y pararas de hacer el idiota.

Entonces los ojos de Duncan se encendieron y brillaron como quien prende una mecha de dinamita. Estaban a punto de estallar. Dio unos pasos hacía ella y la miró directamente a los ojos.

-          ¿Realmente lo has olvidado todo?

¿Olvidar? ¿El qué? ¿Ahora se dedicaba a hacer jueguecitos de memoria? Fuera lo que fuese, ya le daba igual. Tenía pensado marcharse de su lado sí o sí.

-          Mira tío. No sé qué te pasa conmigo ni que quieres de mí, pero te diré una cosa. No me trates como si me conocieras desde siempre, porque ayer fue la primera vez que te vi en toda mi vida, así que hazme un favor y no me trates como si fuéramos grandes amigos ni nada por el estilo, porque no lo somos.

Dicho y hecho, se alejó de su lado y comenzó a caminar hacia la salida, pero… De repente, un enorme y musculoso brazo le interceptó el paso cerrando la puerta de un manotazo. Le miró a la cara y lo que vio no le gustó nada. Sus ojos se habían vuelto del color de la sangre y eso no quería decir nada bueno. Había hecho que algo en su interior estallara y ahora tendría que pagar las consecuencias. No sabía como acabaría aquello, pero por lo que parecía en ese momento corría grave peligro. Tenía que escapar de allí como fuera y… ¡Rápido!



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