¡Enganchados!

martes, 21 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (III.II)

Capítulo 3.2


Despertó horas después en una inmensa y calurosa cama. Le dolía todo el cuerpo y tenía un ardor que invadía todo su ser. Se levantó y abrió la ventana más cercana que encontró. El frío viento del otoño acarició su piel haciéndole ver que se encontraba en el mundo real. Mierda… Mierda. ¡Mierda! ¿Qué demonios se suponía que debía hacer? Todo había sido muy repentino y confuso y aun seguía sin creerse toda esa patraña sobre los ángeles, demonios y Súrdavar que le habían contado. Después de que aquel hombre sacara aquellas preciosas alas rojizas, su cabeza había comenzado a dolerle muy fuertemente y se había desmayado. No recordaba nada después de eso, solo una extraña voz que decía su nombre de forma casi inaudible e instantes después desaparecía en la oscuridad en la que ella misma se había cernido.

Escuchó el sonido de unos pasos acercándose a la habitación así que, rápidamente, se volvió a acostar en la cama y cerró los ojos mientras fingía que dormía. La puerta se abrió con un estruendoso chirrido. Intentó adivinar quien era sin que la persona en cuestión percibiera que estaba despierta. ¡Mery! Mery se encontraba justo enfrente, observándola con suma atención y sin apartar la vista de ella.

-          Ivett… ¿Estás despierta?

Apenas fue un susurro, pero pudo oírlo claramente. Abrió los ojos y se incorporó en la cama.

-          ¿Qué es lo que quieres?- Su voz se había tornado de un cierto tono cortante- ¿Algo que decir?

Su mirada reflejaba dolor, confusión y, sobre todo, arrepentimiento por haber engañado a la que, supuestamente, era su mejor amiga. Empezó a caminar sin sentido por todo el cuarto,  tocando todo lo que tenía a su alcance. De repente, al tocar una figura de marfil blanco en forma de ángel (que irónico), se detuvo.

-          Solo venía a saber si estabas bien- Aunque había hablado poco, se había atragantado en aquella frase un par de veces- Después de que te desmayaras me preocupé por lo que te podía haber pasado. Duncan nos dijo que era normal, ya que tus recuerdos irían despertando con el tiempo y eso te provocaría cosas como estas, pero seguía sin quedarme tranquila y decidí venir aquí.

-          ¿Duncan?

-          ¡Sí! Duncan es el jefe del clan. El que te ha explicado toda la historia.

Conque el imponente hombre con el que había hablado se llamaba Duncan, ¿eh? Era un nombre verdaderamente cautivador. Lo cierto era que desde que lo había visto la primera vez, algo en su interior había comenzado a agitarse. Sentía como si se estuviera formando dentro de ella una cosa indescriptible. No sabía exactamente lo que era, pero le daba poder…

-          ¿Y solo deseabas saber eso?

-          Sí… Quería ver que estabas bien.

-          Pues ya has visto que sí, así que ya te puedes ir.

-          Pero…

-          ¡Que te largues!

Aquel grito tan subido de tono le llegó a Mery como un puñal en su corazón y sus pupilas comenzaron a empañarse dando a ver que estaba a punto de llorar.

-          Em… Lo siento, no pretendía gritarte. Es solo que tengo un dolor de cabeza horrible y me molesta todo. Tú no tienes la culpa, lo siento.

Su semblante cambió y percibió como si un brillo de esperanza apareciera en sus ojos marrones. Entonces, comenzó a acariciar su pelo moreno, cosa que solo hacía cuando su estado de ánimo subía un poco. Ella siempre había tenido una bonita figura que hacía que los hombres cayeran rendidos a sus pies. Además la escasa separación entre sus dos dientes principales le daba un extraño encanto que solía gustar. Era especial, como creada de un cuento de hadas en donde ella era la protagonista y tenía que venir el príncipe a salvarla.

-          Es decir, que no estas enfadada conmigo- Su afirmación parecía más una pregunta.

-          No, no lo estoy. ¿Debería?

Su rostro la escrutaba con interés y confusión total.

-          ¿De verdad? ¿No te importa que solo hubiera estado contigo porque me lo habían encargado? ¿No te importa que en realidad siempre hubiera estado ocultándote la verdad? ¿No te importa…?

-          ¡Ya basta!- Su voz la hizo enmudecer- No, no me importa nada de eso. La verdad, no te voy a mentir. No me hace ninguna gracia que me engañaras y que me mintieras acerca de algunas cosas, pero no puedo enfadarme por ello.

-          ¿Por qué?- Se atrevió a preguntar.

-          Porque si realmente hubieras estado conmigo porque te estaban forzando, nunca te habrías preocupado tanto por mí, ni nunca me habrías dado un fuerte abrazo cuando me sentía sola o triste. Siempre estuviste ahí para mí, cuidándome y preocupándote de que no me pasara nada. Si hubieras querido, podrías haber cogido la puerta cientos de veces y marcharte sin más, pero no lo hiciste…

Ahora sí. Una brillante y húmeda lágrima recorrió las sonrosadas y redondas mejillas de Mery. No sé cuanto tiempo estuvo llorando, pero el tiempo se le hizo eterno y, al final, sin avisar, saltó sobre ella y le dio un fuerte y cálido abrazo.





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