¡Enganchados!

sábado, 26 de mayo de 2012

La Guerra de las Especies

Esta historia la escribí cuando a penas tenía once años. Se que no es lo mejor que he escrito en mi vida, pero me trajo buenos recuerdos y quería que lo leyerais. Es un poco ñoña y sin sentido, pero por eso mismo me reí mucho al leerla. Espero que os guste,

M y M.

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Tras la llegada de los vampiros, la Tierra se había sumido en una lucha por la permanencia de los humanos en ella. Por algún motivo, cada vez había más espíritus sanguinarios que deseaban poder complacer su sed a través de la sangre de las personas. La mayoría de ellos se encontraban en el continente de Europa, más exactamente en España. Ya habían construido edificios y elaborado ejércitos defensores. Los seres humanos, o como los vampiros les llamabas: “Los Animales”, también habían compuesto detallados planes de exterminación: estacas de madera, cadenas y balas de plata, guillotinas… Todas las cosas que afectaban a esos monstruos eran las armas y herramientas utilizadas por el hombre. La guerra incesante que se había propagado por todos lados, afectando mayormente en Irán e Irak, era solo una matanza que removía cielo y tierra. Los vampiros no querían volver a las penumbras del inframundo y las personas (vivas claro está) temían lo desconocido. Sin embargo, estos personajes de los que os he hablado no son los únicos que habitan en el planeta y la historia que os voy a contar trata sobre esto.


Todo empieza en la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, donde una chica llamada Anastasia, vive en una casa con su hermano Chad. Se podría decir que el vivir solos les preocupa, pero entonces os estaría mintiendo. Son una pequeña familia que lucha por sobrevivir y guarecerse de la muerte. Tienen hogar, trabajo y son felices. Tienen la protección suficiente y siempre procuran ir acompañados, excepto en caso de urgencia.



Aquel día (23 de Abril de 2192) tenía dos significados. Para los humanos era el día del libro y para los vampiros, su llegada a la Tierra. Todos ellos estarían de celebración por las calles y sobre todo por el centro: La Gran Vía. Desde los últimos años, aquel lugar se había convertido en un sitio de fiesta y juerga. Todas las tiendas y casas, se habían cambiado por bares y discotecas. Entre ellas, la más famosa era la Vampiteca. A ella acudían toda clase de vampiros e incluso humanos, pero algunos estaban locos, otros querían ser transformados, los más extraños deseaban que les chuparan la sangre y los últimos… querían morir.



El problema de Anastasia era que el único sitio donde le ofrecían trabajo era ese lugar y, aunque su hermano se negara en rotundo, sabía que era necesario y no solo por el dinero, sino también por la escasez de trabajo que se les proporcionaba a ellos, pues los vampiros eran más fuertes, más listos y más ágiles que la mayoría de los vivos. Por el contrario, Anastasia no era una chica normal. Esta escondía un secreto que no quería que se dejara ver, así que se lo guardó para ella misma. 


Esa noche, se vistió con el traje de camarera que le habían dado y al mirarse al espejo se vio ridícula. Se sentía como una estúpida chica tonta que se dejaba morder por el primer vampiro que pasara por su lado. Cerró los ojos y pensó para sí: “Todo va a ir bien, no hay de que preocuparse”. Y con firmeza y seguridad se marchó de casa.

El autobús que cogió estaba, como no, plagado de vampiros que la observaban con ansia y deseo (hasta el conductor). Uno de ellos dejó ver sus colmillos blanquecinos, que hicieron que temblara de arriba a abajo y después de eso, escuchó la risita macabra de ese ser inmundo. De repente, con una velocidad sobrenatural, el vampiro se puso a su lado a olerla como si fuera una muñeca. Ella sabía que para cualquier vampiro olería sabrosa y se sentía realmente atemorizada. Él le miró a los ojos y quedó totalmente hipnotizada. Su fría mano le tocó el hombro y fue deslizando el dedo por todo su cuello. Estaba totalmente paralizada y no sabía que hacer. Cuando iba a morderla, una fuerza descomunal hizo que se apartara de un solo empujón y haciendo que despertara de hipnosis. Este se revolvió para devolverle el golpe, pero al ver lo que tenía delante, se bajó en la primera parada que hubo. Ella había notado el miedo en su rostro y no entendía que era lo que había pasado. Alzó la vista tratando de ver quien era capaz de tratar así a un vampiro. A su lado, un hombre grande y robusto la miraba con cara de preocupación. Era una persona realmente bella y hermosa.

- ¿Te encuentras bien?
- Si, claro.

Dijo tragando saliva entre cada palabra.

- Espero que no te haya hecho nada malo.

Esa gran figura que le acompañaba no era normal y ella lo sabía.

- ¿Ocurre algo?
- ¿Qué eres?

La pregunta que ella le había formulado pareció ponerle tenso.

- ¿De verdad quieres saberlo?
- Si…

Notaba como su corazón se le salía del pecho y notaba su sangre ardiéndole por las venas. Él sonrió.

- Soy Jonatan Tyler, aunque la gente me llama Jonh. No soy de aquí, sino de Estados Unidos. Encantado.

Dijo ofreciéndole la mano. Se la estrechó con torpeza y Jonh se rió.

- Ahora mismo, ¿a dónde te diriges?
- Voy a trabajar a la Vampiteca.
- ¿Ese no es un lugar muy peligroso para ti?
- Lo se, pero se me defender sola.
- Pues hace un momento no lo parecía.
- Bueno, pero eso no es asunto tuyo.

El lado serio que mostraba era más eficaz de lo que parecía, pero al parecer a él no le afectaba.

- Está bien, pero al menos te podrías presentar.
- Soy Anastasia.

Dijo fulminándolo con la mirada. Por otro lado, él la escrutaba como si fuera a romperse de un momento a otro.

- No te importará que te acompañe a ese fantástico sitio al que vas.
- Está bien, tu mismo.

Dijo y soltaron una risita. Y Jonh le guiñó un ojo como signo de amistad.
     
El local en el que trabajaba no era exactamente algo divertido. Todo estaba infectado de chupasangres alimentándose de humanos. La cara de asco de Anastasia era perceptible. A su derecha, Jonh parecía divertirse bastante.

- ¿Tanto asco te dan?
- Ni te lo imaginas.

Mientras trabajaba, él pidió un Martini.

- ¿Cuántos años tienes?
- Veintiún años, ¿y tú?
- Diecinueve años. ¿No crees que eres muy joven para beber?

Parecía que su lado risueño no iba a marcharse en ningún momento.

- No lo creo. Por lo que he escuchado, mayor que tú soy.
- Será por la edad, porque por la inteligencia…

Los dos empezaron a dar carcajadas como locos. Fue tanta la risa que acabaron llorando.
     
Al volver a casa Jonh dejó a Anastasia en la puerta de su casa y prometieron quedar el próximo día. Al entrar su hermano Chad le dijo que se sentara para cenar, así que mientras cenaban tuvieron una pequeña charla:

- Bueno, ¿qué tal el trabajo?
- Ha estado bien, no ha pasado nada interesante.

¿Notaría su hermano que estaba mintiendo?

- Vale. ¡Por cierto! Esta noche llamaron papá y mamá antes de que tú llegaras.
- Y… ¿Qué decían?
- Nada… Solo que a vida que llevaban ahora de vampiros era más complaciente que la anterior.

Al decir aquello se entristecieron mucho y supieron al instante que aquella conversación había terminado.
     
Pasó el tiempo, unas tres semanas o así. Lo único que conseguía que Anastasia tuviera ganas de levantarse esa mañana, era el pensar que había quedado con Jonh y no habría ni un solo vampiro. Se duchó y se vistió, pero antes de marcharse recibió un mensaje de su amigo:

- Anastasia escucha, se que todo lo que hemos pasado a sido increíble y me caíste muy bien, te lo aseguro, pero no podré verte más. No me preguntes el motivo, solo compréndelo. No nos veremos y siento si esto te duele, pero creo que es lo mejor para los dos. Adiós.

Lo que Anastasia sentía ahora no lo podía explicar. Estaba todavía con el móvil en la mano llorando a cántaros. No comprendía como en tan poco tiempo había llegado a amar tanto a alguien. Quizás el pensar que tenía un amigo al que agarrarse le hacía feliz, pero ahora esa amistad se había convertido en amor y ese amor en dolor. Era algo inexplicable, pero decidió que lo mejor sería hacer lo que él decía. Así pues, se olvidó de todo y continuó con su vida.

Pasaron los años y Anastasia cumplió veinticuatro años. El día siguiente a su cumpleaños algo la sorprendió. Era un mensaje:

- Anastasia soy yo, Jonh. Lamento lo ocurrido en estos últimos años, pero si lo hice fue por una buena razón. Si lo deseas, nos vemos en la Plaza de Santo Domingo. Te espero, no faltes.

El corazón le latía a una rapidez increíble. Volvía a sentir lo mismo que hacía cinco años y ella misma sabía ya que iría a verlo, pero… ¿Sería capaz de perdonarlo?
     
Al llegar al lugar destinado lo buscó. Estaba sentado en un banco y se acercó.

- ¿Me contarás la verdad?
- De eso debes estar segura tú, no yo.
- Empieza.
- No te puedo asegurar que me creas.
- Prueba a ver.

La mirada del joven parecía triste y apagada.

- Todos sabemos que en la Tierra hay humanos y vampiros, pero hay seres ahí fuera que también desean dejarse ver.
- ¿A qué te refieres?
- En todo el mundo son conocidas dos razas: Vampiros y Seres Humanos. Sin embargo también hay, por ejemplo, sanadores, hechiceras o brujas, licántropos u hombres lobo, telépatas… 
- Y, ¿cómo pretendes qué crea eso?

En ese instante, Jonh se levantó y la cogió de la mano. Con gran poder se la llevó hasta llegar a una calle solitaria. Se escuchó como hacía pequeños sonidos y de repente, su cuerpo comenzó a cambiar. Se volvió más grande y peludo. Poco a poco fue encorvándose hasta coger la postura de un perro. Le salieron orejas puntiagudas y un rabo largo. Sus brazos y piernas se convirtieron en patas y en cada una de ellas aparecieron unas enormes garras. Su cara también cambió de aspecto. Su mandíbula se alargó y sus dientes crecieron y se afilaron. Sus ojos se achinaron y empequeñecieron. Tenía la mirada fija en ella. Lo que Anastasia tenía delante era un… licántropo.

- ¿Eres un hombre lobo?

Con mucho estilo y moviendo su hermoso pelaje, la bestia asintió. La joven estaba realmente impresionada. Momentos después, el lobo volvió a su aspecto humano. 

- ¿Ahora me crees?
- Si, pero… ¿Qué debo hacer ahora? Llevo cinco años sin verte y pensando que nunca volverías. Así que… ¿Por qué has vuelto?
- Por dos motivos y... El primero es este.

Jonh tomó a Anastasia entre sus manos y con mucha delicadeza y cuidado le besó en los labios. Era un beso tierno y sentimental. Se estaba disculpando por lo que hizo. La quería y ella a él también. Al separarse, continuó con lo que estaba diciendo.

- El segundo es que van a por ti.
- ¿Cómo? ¿Por qué?
- Una cosa. Igual que yo he sido sincero y te he confesado mi secreto más íntimo que es el de ser licántropo… ¿Por qué no dejas de fingir y me dices lo que eres?

A la chica se le quedó la cara blanca como si hubiera visto un fantasma.

- ¿Cómo lo has sabido?
- Cualquier chica lista se quedaría en su casa en vez de ir a trabajar a una discoteca de vampiros. Y tu tonta no eres.
- De acuerdo, pero solo te lo demostraré una vez, ¿vale? Fíjate en el perro que está paseando la señora que está al fondo de la calle.
Ellos estaban en una calle sin salida, pero al girarse y ver por donde habían venido, vieron a una señora de unas sesenta años paseando a un Yorkside negro con un coletero en la cabeza para atarle el pelo. Anastasia se concentró en la figura del perro y al cabo de un rato desapareció.
Anastasia… ¿¡Dónde estás!?
Su miraba giraba en torno al espacio en el que estaba, pero no divisaba a la chica. Al pararse escuchó el ladrido de un perro que venía de debajo de él. Al descender la vista vio al mismo perro que hacía un momento había visto pasear a la mujer de antes, solo que… no llevaba el coletero negro en la cabeza. Y sin más rodeos, la joven volvió a su estado original.

- ¡Anastasia! ¿Eres una teriántropo?
- O una cambiante. Como prefieras llamarnos. Y sí, puedo transformarme en cualquier animal que desee. Ahora… ¿Me dirás por qué van a por mí?
- Porque eres más valiosa de lo que crees.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Yo te he estado engañando todo este tiempo. No me llamo Jonatan, sino Eric. Soy de un ejército antivampiros. Me encomendaron la misión de buscarte solo para que nos ayudaras a vencer al mal que está acechando a la gente humana.
- Entonces… Todo lo que ha pasado hasta ahora, todo lo que hemos vivido… ¡Todo! ¿Era mentira?
- No… Bueno solo al principio.
- ¡Mentiroso!
- ¡No es mentira!
- ¿Entonces qué es?

A Anastasia le costaba respirar del enfado que tenía encima.
- Al principio obedecí como un soldado que soy, pero después de conocerte… tú cambiaste mi vida. Me hiciste ver las cosas buenas de ser humano, me diste la felicidad y me diste el amor. 
- ¿Y qué más? ¿Te hice llorar?

El tono que puso enfadó mucho a Eric.

- ¡Pues sí!
- ¿Cómo?
- Cuando te conocí bien, me di cuenta de que no sabía ni porque estaba haciendo esa misión. ¡Ni siquiera sabía lo que eras! Empecé a pensar que debía dejarme el ejército, pero me dijeron que si hacía eso te matarían y a mi me encerrarían por toda la eternidad… Yo no quería eso. Así que me marché con las esperanza de volver a vernos y pensando que algún día estaríamos los dos juntos felices en una casa.
- Entonces… ¿Qué estás haciendo aquí?
- Me he escapado.
- ¿Te has escapado?
- Si no lo hacía nunca más podría volver a verte y eso era lo que menos quería, pero ahora temo por nuestras vidas y por eso te envié el mensaje. No quiero que te maten, es más, daría mi vida por ti, pero son mucho y son peligrosos.

Al mirarle a la cara vio como ella esbozaba una gran sonrisa.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué sonríes? No tiene gracia.
- No sonrío por eso. Sonrío porque hace poco descubrí que todos los seres como nosotros tenemos otro poder.
- ¿Cuál? ¿Además de ser como somos?
- Si, además de eso.

Anastasia se apartó de Eric y tomó aire. Con todas sus fuerzas lanzó un grito empedernido. El chico no comprendía que estaba haciendo.

- ¿Por qué has hecho eso?
- Ya lo verás, pero antes una cosa.
- ¿Qué?
- Haz lo mismo que yo.

Eric hizo lo mismo que había visto hacer a la muchacha.

- ¿Para qué ha servido esto?
- No te lo voy a decir. Mañana nos vemos aquí a las siete de la mañana. 

Y con mucho éxtasis se marchó dejando a su acompañante solo.
     
Por la mañana del siguiente día, el joven esperaba a Anastasia. Se había retrasado de a hora treinta minutos. Por la plaza no había nadie y ni siquiera los pájaros cantaban. Cuando pasaron cinco minutos, hubo un pequeño temblor de tierra. Se extrañó mucho de que eso pasara, pero casi al momento, a lo lejos vio legar a una gran cantidad de gente. Sus ojos se abrieron como platos. Habría al menos unas quinientas personas de todos los países y tamaños y entre ellas… ¡Anastasia! Llevaba una cara sonriente y feliz junto a todas esas personas. Cuando llegaron a su lado ella le saludó.



- Hola Eric, ¿¡qué tal!?

- ¿Quién es toda esta gente?

- Nadie. Son solo un par de amigos.

- ¿Sólo un par de amigo? Anastasia aquí hay al menos quinientas personas.
- En realidad son quinientas veinticuatro personas. 
- Tu lo que quieres es matarme.
- Pero… ¿No notas nada?
- ¿El qué?

Por en medio se metió una mujer. Era bajita y bonita.

- Hola. Soy Sara. Encantada.

Y al decir eso, la chica se transformó en una bella loba de pelaje gris. Eric se quedó con los ojos abiertos como platos. Al otro lado apareció un chico muy grande. De un metro noventa.
      - Yo soy Esteban. Hola también.
Y al decir esto vio un pájaro y se transformó en él. Eric se dio cuenta, pero decidió asegurarse.

-   ¿Ellos son como nosotros?
-   Si. Nos ayudarán a destruir al ejército antivampiros que me contaste. 
-  ¿De verdad? Pues… está bien, a por todas.

     El edificio de los antivampiros era realmente viejo. Su tejado era abovedado y encima estaba colocada una veleta oxidada que apenas se movía. Era rectangular y las paredes eran de un color blanco y las esquinas marrones, aunque mal pintadas. Sus ventanas eran cuadradas y tenían verjas como si fuera una cárcel. La puerta era enorme. Estaba hecha con madera de roble y parecía tener arañazos por todos lados. La gran tropa que habían formado era inferior en número, pero superior en agilidad, velocidad, resistencia, inteligencia y, sobre todo, fuerza. El plan era que solo Eric y Anastasia entraran primero y al dar la señal los demás entraran. Se convirtieron en hombre lobo y ella imitó su apariencia, haciendo ver que eran exactamente iguales. Entraron dentro y el interior era más nuevo que cualquier sitio que habían visto (las apariencias engañan). Se metieron a hurtadillas por un pasadizo que los llevó al salón. Allí daban charlas y cenaban cuando estaban de celebración. Después acabaron en el laboratorio. Estaba lleno de vampiros encadenados que rogaban por sus vidas. Todo estaba demasiado desierto, hasta que al llegar al despacho donde residía el jefe de todo lo visto, los atraparon como a perros enjaulados.

- Así que después de tanto tiempo has decidido traicionarnos.

La voz del hombre que hablaba era tosca y seca. 

- Nunca hubiéramos sido capaces de esperar eso de ti, pues tú eras el mejor de todos.
- ¿Nos dirás quién es la perrita qué te acompaña? Aunque se vea igual que tú, está claro que no tiene tu mismo olor.
Nos habían cazado y esto no podía acabar bien. Cuando Anastasia iba a gritar, Eric le detuvo.

- ¿Por qué no puedes dejar a las demás personas que vivan su vida?

- ¿Personas dices? Esta claro que personas exactamente no sois y si hago esto es por la paz de los demás. Los vampiros no hacen más que herir, luchar y matar. Ellos no tienen humanidad.
- ¡Claro que la tienen! Lo que pasa es que tú los castigas sin motivo y algo tendrán que hacer. Si no pueden pelear contra ti, lo harán contra los más débiles.

Los dos estaban en una disputa entre lo bueno y lo malo, pero lo que no conseguían era tolerar las ideas del otro y puesto que los dos estaban más indefensos, el jefe sacó una daga de su pantalón. 

- Con esta daga mato a los vampiros para poder acabar con ellos. No me importaría hacerlo también contigo.  

Ese hombre estaba totalmente loco. Le acercó la afilada arma al cuello y en ese instante Anastasia no lo aguantó más. Gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Era ensordecedor y vibrante. Segundos después, al taparle la boca, se escuchó un temblor que procedía del piso de abajo. Uno de los soldados enemigos vino a informar.

- ¡Señor! Hay licántropos y teriántropos por todas partes y nos están fusilando. Será mejor que subamos al techo para huir con el helicóptero.
- Enseguida voy. Adelántese usted primero.

Al marcharse el soldado, con las mismas, el jefe le clavó la daga en el pecho a Eric. Este lanzó un alarido de dolor muy intenso. La chica chilló de horror. Con rapidez, el asesino desapareció de la sala. Anastasia se transformó en una mosca que vio volar a su lado y volvió a ser la misma. Tomó a Eric entre sus brazos y lloró por él.

- Por favor Eric, no mueras. Si tú mueres no será lo mismo vivir.
- ¿Qué tonterías estás diciendo? Seguirás adelante incluso sin mí y lo harás liderando la gran manada que lucha por la paz y la justicia. Debes dejarme e ir tras mi jefe. Debes matarlo para que el mundo vuelva a ser como era antes. Ahora vete. Consigue la libertad de todos y no hagas nada estúpido.

Al ser las últimas palabras de su gran amor, le dio un último beso de despedida y se marchó despidiéndose de él de todas las formas que conocía. Se volvió a transformar en el lobo de antes y corrió lo más rápido posible. En el tejado el jefe intentaba escapar, pero ella se transformó en un oso que recordaba detuvo el helicóptero. Por el movimiento sucedido, el jefe cayó y quedó agarrado en las patas del transporte. Cada vez subía más, pero le dio un último zarpazo y calló en una teja rota que le atravesó la espalda. Rodó por el tejado y calló edificio abajo. Al mirar abajo, solo se veía su cuerpo muerto y ensangrentado. Se dio media vuelta y volvió junto a los suyos.

Todos la esperaban fuera. Todos menos Eric. La casa había estallado en llamas y él se habría fundido entre los escombros. Se puso delante y de entre todos apareció un vampiro (así que era de noche).
Te agradezco lo que has hecho por todos. Nuestro maestro nos pidió que te concediéramos el deseo que más quisieras, así que… solo dilo.
Anastasia no se lo pensó dos veces.

- Quiero que paréis las guerras, las matanzas y las luchas. Quiero que no volváis a enfrentaros a los humanos más si no es necesario. Y deseo por último que mi manada… no… mi equipo, viva en paz por toda la eternidad. Velo por todos vosotros y se que vosotros también por mi, así que podéis elegir. Seguir mis pasos o volver con quien os esté esperando.

Dicho y hecho, la manada se fue despejando. Al final solo quedaron unos pocos y esos eran los pocos que siempre nos protegerán hasta el día de su muerte.





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