¡Enganchados!

domingo, 6 de mayo de 2012

Antes de que salga el Sol (I)

Capítulo 1


Nunca le habían gustado los días de lluvia. No sabía si era porque la deprimían o porque le estaban fastidiando siempre los planes que hacía. Lo más seguro es que fueran las dos cosas. El caso es que ese día le tocaba quedarse en casa. Se le habían esfumado los ánimos, así que se acomodó en su sofá favorito. Estaba forrado de cuero blanco y, aunque se manchaba muy a menudo haciéndola enfurecer, lo mantenía sumamente cuidado sin importar cuanto le costara.

Cogió el mando que había encima de la pequeña mesita de té con estampados de azucenas que le había regalado su mejor amiga Mery por su recién veinte cumpleaños y encendió el televisor. Sin tener claro ni lo que le apetecía ver, comenzó a hacer un poco de zapping por todos los canales. No logró encontrar nada que le llamara la atención por lo que, al comprobar que eran las tres de la tarde, decidió poner Antena 3 y ver las noticias de aquel día. Las escuchó atentamente e intrigada por un extraño incidente que había ocurrido en su ciudad. Habían encontrado un cadáver de una chica de unos veinticinco años en un descampado que había sido abandonado hacía ya un tiempo. La joven no tenía señas de agresiones, excepto por unas marcas circulares exactamente iguales y alineadas en un lado de su cuello. Vaya… Ahora había suelta una banda de delincuentes que jugaban a ser vampiros. ¿Y qué más? ¿Hombres lobo? Lo que faltaba… Apagó la televisión y se levantó para saber si la lluvia había parado. Pues no. Seguía y seguía. Estos momentos le hacían creer que algún día cabría la posibilidad de que la Tierra entera se inundara o que pasara algo parecido.

Entró en su habitación. Era un lugar que la calmaba. Le hacía sentir bien y en paz, como si encontrara el camino hacia el cielo que todo el mundo anhelaba. Era su paraíso. Se echó en la cama y se estuvo moviendo un buen rato hasta que logró encontrar la postura que deseaba. Siempre había sido una maniática para eso. Cuando se iba a dormir, si no lograba encontrar la postura perfecta, no podía conciliar el sueño y se mantenía en vela toda la noche. Que extraña era, o eso pensaba a veces.

De repente, sus párpados amenazaron con cerrarse y su cuerpo no respondía ni a sus impulsos. Entonces dejó de luchar y cedió ante su instinto de descansar hasta encontrarse con energías de nuevo, dejándose sumir por la oscuridad. Y, sin apenas notarlo, cayó en el mundo de los sueños.







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