¡Enganchados!

lunes, 28 de mayo de 2012

Antes de que salga el Sol (II)

Capítulo 2

La vieja, enorme y oscura mansión que se cernía ante ella no le daba muy buena espina. Podía sentir como un especie de aura la consumía en lo más profundo de la nada. Era... Escalofriante, sí. Pero no sentía ningún miedo hacia aquello, ¿por qué? 

El coche se detuvo junto a la puerta principal de madera con unos extraños jeroglíficos dibujados en ella. Eran unas formas parecidas a algún tipo de idioma antiguo que le parecía familiar, pero, en ese momento, no conseguía saber cual. Que extraño. ¿De verdad alguna vez había visto aquellas inscripciones? Si lo había hecho, no lo recordaba.

Abrió la puerta del lujoso automóvil y salió al exterior. El viento era frío y húmedo, y se introducía en su cuerpo como un veneno cancerígeno. Se dio cuenta de que su cuerpo comenzaba a temblar, y no pudo hacer más que frotarse con sus manos. Sin embargo, una chaqueta grande y con un olor hechizante, cayó encima de sus hombros. El hombre que antes la había salvado se la había puesto, al haberse dado cuenta de que ella tenía frío. Le agradeció con la mirada su gesto y siguió sus pasos sin apartar los ojos de su amiga Mery. No la había observado en todo el trayecto y parecía que seguía sin hacerlo. Mantenía su cabeza al frente y su semblante estaba serio.

Entraron dentro del edificio. Era del estilo rococó. El lujo, lo brillante, el oro, la plata y todo lo que había dentro era valioso. Las figuras y los dibujos eran perfectos y complejos, y los cuadros y estatuas caras y únicas. Los que vivían allí sí que se lo montaban bien... Anduvieron unos minutos por unos extensos y largos pasillos hasta que llegamos a una puerta roja. Mery la abrió y pasamos todos. Apareció un salón con una mesa muy larga, llena de sillas a su alrededor. También, había un piano de cola negro y una chimenea con el fuego encendido, iluminando toda la sala.

- Bienvenida, señorita Ivett.

Dirigió su mirada hacía la persona que había pronunciado aquellas palabras. Sentado en una butaca enfrente del fuego, un hombre se levantó y dio a conocer su presencia. Era alto, muy alto. Tenía el pelo rubio, aunque un poco canoso y sus ojos eran de un verde especial, como si la Tierra estuviera reflejada en ellos. Sintió una sensación de tranquilidad, como si esa persona le transmitiera la paz que no había tenido en años, pero también notó otra cosa. Notó un odio. Y no un odio cualquiera, sino el odio más profundo que podía haber sentido nunca y... Iba dirigido hacia ella. Su rostro le sonreía, pero su interior quería... ¿Matarla?



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