¡Enganchados!

lunes, 12 de marzo de 2012

En Busca de la Imaginación (VI)

Capítulo 5

     Llegó un punto en el que no sabía si me había quedado totalmente ciego, o si el mundo se había destruido por completo. El caso era que todo estaba negro, como si la misma oscuridad nos persiguiera para adueñarse de nosotros. Sin embargo, sin comprender por qué, no tenía miedo. Era como si aquella sombra me diera una calidez que no había sentido desde hacía muchos años... Más exactamente, desde que Marina se casó. Todavía sigo sin saber como logré aguantar allí de pie, felicitándola y deseándole lo mejor con su marido.  Aunque mientras mi cara externa reflejaba alegría y satisfacción, la interna y más oculta de todas se retorcía y dolía como si cien puñales hubieran caído sobre ella. Fue una sensación extraña. Cuando llegué a casa, tuve la sensación de que todo había cambiado. Que el lugar en el que vivía era desconocido, que mi nombre era extraño, y que Marina ya no era Marina. Desde entonces, no volví a verla hasta ahora. Sentía que si lo hacía, todo se desmoronaría y no podría evitar la poderosa necesidad de asesinar a aquel que me la había arrebatado. ¿Soy un asesino? ¿Acaso no soy nada más que un repugnante y cruel criminal que ha dedicado su vida a escribir sobre novelas de miedo y suspense por no verse involucrado en ellas de verdad? ¿Por qué diablos no intenté cambiar mi vida y comenzarla de nuevo?

- ¿Amancio?

     Su voz me devolvió a la vida. Su melodioso sonido atravesó mi cuerpo de tal modo que creí que estaba en el paraíso más absoluto de todos. ¿Con solamente eso conseguía ponerme así? Empecé a preguntarme por qué no había decidido convertirme en uno de esos poetas que escriben de sus desamores y tormentos y al cabo de un tiempo su fama se hace mundial...

- ¿Sí?
- ¿Dónde estamos?

     Sin haberme ni percatado, habíamos llegado a una inmensa sala. Por todos los sitios que había pasado en mi vida, todas las casas, chalets, edificios, hoteles, mansiones y demás, nunca había visto nada tan enorme y majestuoso. Sus muros parecían hechos de un mineral precioso y de un color similar al de la nieve, solo que tenían una peculiaridad. Brillaban. Pero no como uno de esos brillos apagados y sin gracia. No. Brillaban como si las estrellas le hubieran regalado parte de su luz para embellecerlos hasta el punto de que te pudieras enamorar de ellos. Mi corazón latía con fuerza, y más lo hizo cuando vi la puerta. Era una puerta imperial, como si fuera de algún reino antiguo de un gran gobernador. Como la de un Dios. Bañado en oro, el portón tenía unos dibujos indescifrables y unas letras en una lengua ya extinguida.

- ¿Qué letras son esas?
- El alfabeto maya...
- ¡¿Qué?! ¿Cómo es eso posible? ¿Los mayas pasaron por aquí?
- Quien sabe... Yo ya empiezo a pensar que todo es posible después de tan raras experiencias que estamos viviendo.
- Y que lo digas...

     Noté como si hubieran pasado horas, días, meses, años... Pero no habían transcurrido más de quince minutos. Al menos llevaba mi reloj conmigo. Algo que me mantendría sujeto al mundo real y que sería como una vía de escape de este chocante universo. 

- Bueno, y ¿ahora que hacemos?
- Esa pregunta si que es buena.

     Dije entre risas.

- ¿Por qué?
- ¿No es obvio? Porque lo que vamos a hacer es entrar.

     Y sin preocuparme de lo que ella pensara u opinara en esos instantes, sujeté el picaporte que parecía un diamante incrustado y tiré de él, abriendo y despejando la bruma que nos había acompañado todo el largo e interminable camino.  







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