¡Enganchados!

miércoles, 22 de febrero de 2012

No Me Abandones en la Oscuridad (II).

Capítulo 1

     Mis manos notan el contacto con el picaporte y lo giran locamente, buscando la libertad. El frío congelado de la noche impacta contra mi ser y la satisfacción me embarga al ver la ciudad aparecer. El sonido llega a mis oídos como melodiosas canciones y entonces me doy cuenta de que no estoy sola. Justo enfrente, un hombre imponente con unos rasgos especialmente sombríos y unos ojos brillantes del color del oro, me observaba con gran detenimiento y seriedad. Por un momento, mi cuerpo se paralizó y una ráfaga de terror me golpeó haciendo que quisiera irme de allí corriendo, pero... Como si me hubiera leído la mente, se enderezó y comenzó a caminar hacia mi posición. Su rostro tenía un extraño reflejo de sorpresa, como si estuviera viendo algo realmente inusual. De repente, me di cuenta de que lo tenía delante. No habían pasado ni unos segundos, pero, como con la rapidez que tiene el diablo, se había plantado allí mismo. Era bastante alto, alrededor de un metro noventa. Su aspecto era musculoso, me recordó a un guerrero de la Edad Media. Tenía el cabello corto y moreno, pero... Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Exactamente como había advertido de lejos, eran dorados. Me pregunté si serían lentes de contacto, pero parecían, por muy imposible que fueran, reales. 
     Él alzó sus brazos y tomó mi cara. La acercó lentamente hacia la suya y pensé que me iba a besar, pero no pude apartarme o, mejor dicho, no quise apartarme de su lado. Y cuando estábamos a escasos centímetros...

- ¡¿Por qué coño sigues igual?!

     Escapé del encantamiento que me tenía presa por la exclamación que había realizado. Me detuve a pensar entonces...¡¿Quién era aquel extraño?!
     Con toda mi fuerza me liberé y conseguí apartarme. Ahora me escrutaba con cierta furia, como si sus planes ocultos se hubieran ido al garete.

- ¿Perdón...?

     Mi voz apenas sonó, pero él lo escuchó claramente.

- ¡¿Por qué demonios sigues siendo humana?!

     Sus gritos comenzaban a molestarme.

- No sé a qué vienen esas preguntas sin sentido, pero al menos deja de gritar. Además, ¿quién eres? ¿A qué viene todo esto?

     Su semblante cambió y percibí como se tranquilizaba. ¿Qué le pasaba? ¿Qué quería de mí...?

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     Sabía que la furia se había apropiado de mí, pero... ¿Qué más podía hacer? La jodida cría que tenía delante no había realizado el plan que, supuestamente, me habían contado. Ahora tendría que ir y contárselo todo a él... Aunque su castigo sería doloroso...
     Volví a mirarla intentando relajarme, ya que estaba lo suficientemente asustada como para desmayarse en aquel lugar, y eso sería una carga doble que tendría que llevar. Traté de llevar la conversación por otro camino de manera que su cabeza no cayera directamente contra el asfalto.


- Perdona... - Dije a regañadientes - No quería asustarte. Mi nombre es James. Estoy aquí por una razón crucial, pero todo se acaba de hacer un lío.


     Ella me seguía mirando como si todo lo que dijera no fueran más que locuras, pero en este momento su mundo se estaba convirtiendo en pedazos.
     Abrió la boca como si fuera a decir algo, pero de ella no salió nada más que el aliento cálido de su interior. Como no parecía proseguir con su ataque compulsivo de preguntas, me paré un instante a observarla. Tenía una estatura considerable, así como un metro setenta y ocho. Su pelo tan rubio que competía con el mismo Sol, bailaba de un lado para otro cada vez que hacía un movimiento. Sus ojos eran verdes y pude percibir un débil toque como naranja al final.
     Entonces la furia volvió. el color de sus ojos no debía de ser así y tampoco debería de estar ahí parada sin la necesidad de...
    No pude seguir pensando en eso puesto que, del mismo lugar  que había salido ella, ahora aparecía una muchacha con aspecto de cansancio y el pelo castaño sobre la cara, pero... Sí, lo vi... Ese brillo, ese reflejo, ese color... No cabía duda, al menos la mitad del plan había salido como lo esperado.
     La joven alzó la vista hacia nosotros y, ante la dirección de mi mirada, la otra se giró, surgiendo de ella un semblante radiante y feliz. Abrió los ojos y, como si no la hubiera visto en cientos de años, exclamó:


- ¡Marian!


     Y sus piernas volaron en su dirección.


- Mierda...


     Justo como había imaginado, su amiga sonrió y, sacando de ella el instinto asesino de nuestra raza, dejó a la vista sus afilados colmillos...


Los de los vampiros.











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