¡Enganchados!

lunes, 23 de enero de 2012

En Busca de la Imaginación (V.I)

Capítulo 4.1

- ¿Le ocurre algo don Amancio? - Su voz sonaba cada vez más sospechosa- Parece usted un fantasma.

     Fantasma o no, mi rostro había palidecido de una manera horripilante. ¿Realmente había ocurrido aquello o solo me lo había parecido a mí? Observé a Marina. Me preguntaba con la mirada que es lo que me pasaba, pero... No pude contestar. Mi cuerpo se había paralizado y no respondía a mis mandatos. Percibí el contacto cálido de la mano de ella sobre la mía. Eso logró que pudiera reaccionar.

- Disculpe la pregunta que le voy a hacer, pero... ¿Qué es usted?

     Había usado la palabra "Qué" y no "Quien" . Pareció que mi cuestión lo había agitado. Se levantó rápidamente y se dirigió a una estantería. De ella tomó un libro, que colocó con gran cuidado encima de la mesa. Lo acercó hasta mí y dijo:

- ¿Reconoce este tomo?

      Se trataba de "El Quijote" . Por el aspecto de la tapa y las hojas, parecía realmente antiguo.

- Claro. Es de "Don Miguel de Cervantes" .
- Exacto. Conoce la historia que narra, ¿verdad? Don Alonso Quijano era un hombre que, de tanto leer libros de caballería, se volvió loco. Cervantes pudo plasmar con gran imaginación todos los sucesos de esta persona. Sin embargo, si yo le dijera que el protagonista no es ningún personaje inventado, sino que realmente existió, ¿me creería?

     En ese momento, mi mente comenzó a dar vueltas de una manera incesante. ¿Don Quijote? ¿Existir? Lo cierto es que lo veía imposible, pero las facciones de él decían lo contrario con total sinceridad.

- ¿Cómo es eso posible?

     Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro y me tendió la mano de una manera especial:

- Quizás piense que soy un pirado. Quizás piense que debe salir corriendo de este lugar como pies que lleva el diablo, pero le aseguro que lo que va a presenciar ahora no lo olvidará ni después de muerto.

     Todo lo que había dicho ya había pasado por mi cabeza. Pensaba que estaba chalado, y tenía unas ganas inaguantables de salir corriendo, pero... No pude. Era como si unas cadenas me tuvieran atado a aquel sitio.

- ¿Y bien? ¿Qué me dice? ¿Me acompaña?

     Y como si un ser de otra dimensión me empujara, me levanté y seguí sus pasos.






  

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