¡Enganchados!

domingo, 22 de enero de 2012

En Busca de la Imaginación (V)

Capítulo 4

     Marina había decidido ir conmigo. Estuve intentando que no lo hiciera, pero fueron esfuerzos en vano. Debí haber recordado lo cabezota que era. En fin... Pedimos un taxi que nos llevara a nuestro destino. El trayecto fue considerablemente lento y estuve a punto de dormirme si no fuera porque Marina me dio un codazo y me desveló dolorosamente. Con la intención de distraerme, me dediqué a observar al conductor. Me percaté, ya que antes no lo había hecho, de que había algo raro en él. Tenía las manos totalmente apretadas al volante sin despegarlas ni para cambiar de marchas. Su rostro estaba pálido y sus ojos carecían de vida, como si estuvieran siendo controlados por alguien. De repente, una sonrisa endemoniada se dibujó en sus labios, que me hicieron temblar de arriba abajo. ¿Acaso habría adivinado lo que estaba pensando?

- Hemos llegado.

     La frase tan fugaz de Marina logró despegarme de esa oscuridad que me estaba consumiendo. Desvié la mirada mientras le pagaba al taxista que, al rozar su piel con la mía, noté un contacto helado que me resultó inhumano. Bajé casi atropellado del vehículo, que se fue con la misma lentitud con la que había llegado. 

- ¿Es aquí donde me traes?

     Sí, era ahí. Aun recordaba la tétrica casa de Edward Johnson. Las telarañas y el moho recorrían cada uno de los rincones del lugar, y el cementerio que se encontraba detrás lo hacía aun más terrorífico.

- Tú fuiste la que quisiste venir.

     La miré con la vista cansada, esperando que me dijera que se volvía de vuelta.

- Entonces tendré valor. Vamos...

     Solté un largo suspiro de insatisfacción y nos encaminamos en dirección a la puerta. Llamé                       
con el gran picaporte que tenía un signo extraño dibujado en él. ¿Quizás una letra china? En seguida, el símbolo desapareció, poniendo en su lugar a un hombre enorme de aspecto feroz.

- ¿Desean algo?
- Hola. Venimos a visitar al señor Johnson, ¿se encuentra en casa?
- Desde luego, pasen.

     Cruzamos el umbral que nos sumergió en un mar de obras de arte y libros antiguos. Seguimos los pasos del mayordomo, que nos señaló el cuarto en el que se encontraba Edward, y después se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Di un débil golpe en la madera para advertir de nuestra presencia y no interrumpir nada importante. Una voz suave y melódica se encuchó en el interior:

- Adelante.

     Y entramos con el miedo acechándonos.

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     La incomodidad se adueñó del momento. El impenetrable silencio que había entre nosotros me ponía cada vez más y más nervioso. Por otro lado, Edward tenía el semblante brillante, como si se divirtiera haciéndonos sudar. Marina me miraba con gesto interrogativo, como si no supiera que debía hacer. ¿Debía romper yo aquel silencio? ¿Era lo que ambos deseaban observándome tan intensamente? No parecía haber otra salida...

- Disculpe nuestra intromisión, señor Johnson.
- ¡Oh! No se preocupe. Me alegra tener visita.

     Tenía una sonrisa radiante de felicidad, ¿o quizás eso me parecía a mí?

- La verdad es que estamos aquí porque queremos hablar con usted de un asunto.
- ¿Y cuál es ese asunto si puede saberse?

     Dudé un instante y pensé. ¿Qué debía decirle? 

"Hola, estoy aquí porque he sido incapaz de abrir una carta anónima porque he visto mi muerte en ella, pero no piense que estoy loco."

     Sonaba ridículo. Con toda seguridad se mofaría de mí y me trataría como un lunático. Así pues, traté de explicárselo de una manera diferente...

- ¿A usted le gustan las historias?

     De repente su gesto cambió, y comenzó a mirarme con gran interés, intrigado.

- No me dedicaría a ello si no me gustara, y usted tampoco, ¿no?
- Desde luego. Sus narraciones son maravillosas, como de otro mundo.

     Una señal de asombro se reflejó en su cara, como si hubiera dicho algo fuera de lugar.

- Le contaré una cosa, pero cuando acabe usted tiene que responder a mi pregunta.
- De acuerdo.

     Me miraba con solemne seriedad, como si estuviera analizando cada una de mis palabras.

- Imagínese lo siguiente. Usted es alguien respetado y conocido. Ama su trabajo ante todo y no lo cambiaría por nada. Sin embargo, un día recibe una carta que lo deja atónito y no puede abrirla. Decide encontrar alguna persona que sea capaz de hacerlo en su lugar, pero nadie está disponible o tampoco están habilitados para ello. ¿Qué haría?

     Su sonrisa se había extinguido y se encontraba apoyado en sus manos pensando su respuesta.

- Señor Silvestre, ¿ha perdido usted algo importante en su vida?

     Su pregunta me llegó como una bola de fuego abrasadora. ¿Cómo podía saber aquello? ¿Se lo había imaginado o quizás...?

- Es exactamente lo que está pensando.

     Le miré con los ojos abiertos como platos. No era posible... ¿Me había leído la mente?







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