¡Enganchados!

martes, 10 de enero de 2012

En Busca de la Imaginación (IV)

Capítulo 3

     Empecé por el principio. Debía encontrar a esa persona que pudiera abrir la carta, pero no podía ser cualquiera. Pensé en mis familiares, pero no tenía la suficiente confianza con ellos como para pedírselo. Si les contara mi motivo, se reirían de mí y me tratarían como un idiota. Ese es el problema que tengo con ellos. Todos se creen mejor que todos y en cuanto uno comete un error o una estupidez echan en cara para toda su vida.Por lo tanto, descarté esa idea. 
     Por consiguiente, me propuse elaborar una lista de posibles candidatos que pudieran hacerlo sin necesidad de que pensaran que estaba loco. Se me ocurrió escribir en primer lugar a José Antonio Cabrera. Mi viejo amigo había estado a mi lado ayudándome siempre y era, principalmente, mi editor. Era una posibilidad. En segundo lugar, apunté a Eugenio Sabina. Es un famoso pintor que había conocido hace tiempo y nos hicimos muy amigos cuando asistí a un museo de arte en el que exponía todas sus pinturas. Hubo una que me dedicó expresamente. En tercer lugar, puse a Marina. La señorita Torres había sido mi amor desde que tenía conciencia, pero se había casado con el guapísimo y, sin embargo, irritante Thomas Montieur, francés de familia noble que podía complacer todos sus deseos con su dinero. Por supuesto, estaba forrado. Sin embargo, había sido mi mejor amiga siempre y me había alentado a casarme, pero no había conocido a nadie tan hermosa e inteligente como ella.
     Paré de escribir. No se me ocurría nadie más a quien recurrir así que guardé mi bolígrafo en un cajón y me guardé el papel en mi bolsillo. Este iba a ser un largo camino por recorrer.

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     Aun no lo podía creer. Había ido a visitar a los dos primeros hombres de mi lista y, para mi sorpresa, no había conseguido ni saludarles. Don Cabrera había enfermado gravemente y, para ser mi editor, nadie me había informado. Su mujer me había dicho que estaba realmente preocupada por su salud y que temía por su muerte. Esa idea no me había agradado ya que él había estado a mi lado desde la primera publicación que hice:

" La Existencia de la Verdad "

     Recé para que pudiera salir sin problemas y que pudiera volver a trabajar, aunque lo dudaba. Por otro lado, hubo una sorpresa aun mayor para mí. Eugenio... Había muerto. Me quedé estupefacto y no pude evitar el demarrar unas lágrimas por él.
     Solo me faltaba Marina. Ahora mi temor había aumentado y no quería que a ella le hubiera pasado nada... Pero algo me decía que me estaba mintiendo a mí mismo.Estaba delante de su casa, con mi dedo sobre su timbre, pero sin llamar todavía. Si le había pasado algo, debería saberlo.
     La puerta se abrió y me tranquilizó ver que fue y se le veía saludable, pero había una cosa extraña en todo aquello. Estaba vestida total y completamente de negro.

- ¡Amancio! ¿Qué haces aquí? Menuda sorpresa...
- Hola Marina. He venido para ver como estás y preguntarte unas cosas, pero... ¿Ocurre algo?

     Noté como sus ojos se humedecían y se encogía ante aquella pregunta. La tristeza la envolvía.

- ¿No te has enterado?
- ¿De qué?
- Thomas... Thomas ha muerto.

     Esa afirmación me heló la sangre, pero me di cuenta de que, por otro lado, cierta satisfacción había llegado a mí.

- No sabes como lo siento. No me había enterado.
- ¿Y aun sigues llevando esas ropas?
- Aun le sigo amando...

     Eso fue como si cien puñaladas me hubieran atacado de golpe.

- Bueno, y... ¿Qué querías?
- Me gustaría preguntarte unas cosas, pero creo que este no es el mejor momento.
- Nada, nada. No te preocupes. Anda pasa, no te quedes ahí fuera.

     Me adentré en su hogar. El sitio seguía siendo tan acogedor como antes y estaba impregnado por su olor. Era como un paraíso para mi olfato.

- Siéntate, no te quedes parado.
- Es igual, es algo rápido.

     Pero me obligó a hacerlo, sentándose ella a mi lado.

- Cuéntame, ¿para que has venido?

     Saqué el sobre de dentro de mi chaqueta y se la tendí. Ella la tomó con extrañeza.

- ¿Qué quieres que haga con esto?
- Me gustaría que la abrieras.
- ¿Has venido solo para eso?
- Sí. Es algo realmente importante para mí, así que por favor, hazlo.

     Se podía percibir como las dudas la inundaban y me miraba como si aquello fuera un juego de niños. De repente, cuando iba a hacer mi petición, se detuvo en seco. Observé que su semblante se había ensombrecido y que se echó hacia atrás como si hubiera puesto un arma entre sus manos. Se le pusieron los pelos de punta y me escrutó con el miedo en la mirada.

- ¿Qué es esto?
- ¿Tú tampoco puedes hacerlo?
- ¿Tampoco? ¿Qué demonios es esto? Acabo de vivir la peor pesadilla de mi vida y he visto mi muerte en ella. ¿Qué es esta cosa?
- Yo tampoco lo sé. Cuando la recibí no vi quien la enviaba y sentí el mismo infierno que acabas de vivir tú. Fue como si un gran agujero negro me consumiera. Pero pensé que algo de gran importancia había en su interior y que debía saberlo, así que intenté buscar a gente que pudieran abrirla. Antes de ti fui a ver a dos amigos que, por casualidad, ninguno de los dos pudo ayudarme debido a desgraciados sucesos y... Solo me quedabas tú y pensé que también te podría haber pasado algo y... Te ha ocurrido.

     La mujer se paró a pensar en lo que había dicho. Tenía razón. Había perdido a su marido aunque hacía tiempo de eso, pero se planteó que la opción de que todo fuera culpa de esa carta era imposible.

- No puede ser, ¡no es más que un miserable papel!
- Lo sé, yo entiendo esto mucho menos que tú.
- Pero entonces, ¿qué vas a hacer?
- Encontrar a la persona que sí pueda abrirla, pero no se como...

     Los dos se miraron intentando buscar una respuesta razonable a todo lo que estaba pasando, pero no lograban encontrarla.

- ¿Cómo es posible que algo así ocurra? Nunca había visto nada igual. Y por cierto, si a todos nos ha pasado algo malo... ¿Qué te ha pasado a ti?

     Esa pregunta sí que era buena. Me detuve a reflexionar sobre ello. ¿Qué había perdido yo? ¿Un ser querido? ¿Mi bolígrafo favorito? ¿El revolver que escondía debajo de mi cama por si me asaltaban ladrones? Y caí en la cuenta... Todo este tiempo había estado ahí, como si no fuera más que un pequeño clip en un gran libro. Las cosas se estaban formando como en un rompecabezas y pensé que podía ser una idiotez, pero no perdía nada con intentarlo...

- Mi imaginación. Yo he perdido mi imaginación, y creo saber quien puede ayudarnos.






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