¡Enganchados!

viernes, 6 de enero de 2012

El Diario de Laura Escobar (III)

Capítulo 2

     Un movimiento brusco del tren me sacó del sueño que estaba teniendo. Había estado durmiendo una hora, por lo que aún me quedaba un rato para llegar a la última parada. A mi lado, un hombre de unos cincuenta y dos años leía un libro de mi escritor favorito, Jordi Sierra i Fabra. Me incliné un poco hacia abajo a ver si conseguía saber cuál era el título de la novela.


- Llamando a las puertas del cielo.


     Dijo con el semblante serio. Su aspecto no se inmutó y siguió leyendo como si nada. Era como una figura de piedra colocada para decorar aquel vehículo. Aunque sus canas ya eran visibles debido a la edad, su rostro y cuerpo eran bellos y perfectos como un fuerte roble en todo su esplendor. Si no hubiera tenido esa edad, podría haber llegado a gustarme.


- ¿Le gusta Jordi Sierra i Fabra?
- No.


     Que extraño era aquel hombre. No paraba de leer y no apartaba la mirada del libro como si le entusiasmara y ahora soltaba que no le gustaba…


- Y entonces… ¿Por qué lo lee?
- Porque es un recuerdo de mi hija.
- ¿De su hija? ¿Ella se lo regaló? Pero de todas formas no creo que a su hija le importase que no lo leyera si no le gusta.
- Ya… Pero es el último regalo que tengo de ella.
- ¿El último? ¿Cómo va a ser el último? Supongo que le regalará más cosas.
- Es que ella ya no está aquí.
- ¿No? ¿Está en su casa? ¿De viaje quizá? 
- …No… Está… Muerta.
     
     Me maldije a mí misma por haber hablado de algo tan ajeno y triste aunque no sabía nada al respecto. Quise que me tragara la tierra en ese momento. Su aspecto se tornó oscuro y caído, como si le hubieran dado en lo más hondo de su corazón.


- Lo lamento…
- No te preocupes. Tú no sabías nada así que no podías evitarlo.


     Sí que habría podido y él lo sabía, pero era una buena persona e intentaba que no me sentara mal, pero eran intentos en vano.


- Además me recuerdas un poco a ella… A mi hija digo.
- ¿De verdad?
- Sí. Siempre tan entrometida y habladora.


     Eso me dio de lleno y me morí de la vergüenza. Me sentí fatal por él.


- Pero siempre tan feliz, honesta, alegre y perspicaz.


     Los ánimos se me levantaron. Él sí que era un buen padre y no lo que yo tenía.


- ¿Y se puede saber a dónde vas?
- Pues… A la última parada.
- ¿De verdad? Pues ya somos dos.
- ¡¿Ah, sí?! Y… ¿Sabe dónde para?
- Vas hacia la última parada y, ¿no sabes hacia dónde va?
- La verdad es que no.
- ¿Qué haces aquí entonces? ¿Te has equivocado de tren o algo?


     No tenía ganas de contar mis problemas, pero me sentía obligada después de que me dijera lo de su hija.


- El caso es que… Me he escapado de casa.
- ¿Por qué? 
- Porque mis padres y yo teníamos demasiados problemas respecto a nuestra relación y a la suya. Así que… No aguanté más y decidí marcharme.
- Sé que esos casos no les gustan a nadie, pero de todas formas tú sigues siendo su hija y cuando se enteren de que no estas, ¿no crees que se preocuparán y te buscarán?
- Puede ser, pero cuando eso ocurra yo ya estaré lejos.
- Así que planeas no volver jamás… Bueno tus razones tendrás para ello.
- Si, demasiadas.
- Y, ¿qué planeas hacer cuando llegues a Madrid?
- ¿Madrid? Así que allí es a donde voy… Pues supongo que buscaré trabajo y algún lugar donde alojarme.
- Madrid es el centro de todo. Es como la gran manzana de España. Hay mucha gente viviendo allí y ahora con la crisis, ¿no crees que será difícil encontrar trabajo? De todas formas, si no tienes ningún lugar al que ir puedes llamarme si quieres. ¿Tienes móvil?
- ¿De verdad? Es usted un encanto. Si hubiera tenido un padre como tú seguro que no me habría ido de casa y sería más feliz.
- No te estés tan segura…


     Susurró.


- ¿Qué ha dicho?
- ¡Nada! Nada…
- Bueno este es mi móvil, se lo apunto. Muchas gracias.
- De nada, pequeña.


     Le escribí mi número y guardé el suyo en mi agenda de contactos.


- Si alguna vez quieres volver a casa y no sabes cómo, llámame. Yo te llevaré.
- De acuerdo, aunque lo dudo.


     Se rió en un tono casi inaudible.


- ¡Oh! Ya hemos llegado, bueno ya nos veremos… Esto…
- Laura. Me llamo Laura Escobar.
- Encantado Laura, yo soy Daniel Martínez.
- Encantada de conocerle.
- Pues… Aquí nuestros caminos se separan, aunque espero verte otras veces.
- Si, y yo. Hasta luego.
- Hasta la próxima.


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     La estación de Madrid era tan grande que en un principio me perdí. Entre todas las personas que había, tal y como Daniel me había dicho, y el mareo que llevaban por salir de allí, me sentí contagiada y empezó a dolerme la cabeza. A todos a los que preguntaba decían una cosa diferente. Que si la salida estaba por allí, por allá, por el pasillo de la derecha, por el de la izquierda, si por delante, si por detrás. En el momento en el que lo encontré, me sentí tan feliz que, una vez fuera, me senté y contemplé la gente que pasaba, el sitio, los edificios, las tiendas… Vi una en la que vendían un vestido precioso. Me moría por comprarlo, pero sabía que no debía, me levanté y pasé de largo.
     Según la información que había leído, llegué a una calle cutre, apestosa y mal formada en donde, supuestamente, estaba la residencia en la que me iba a alojar. Su nombre era “La casita feliz”. Muy feliz no parecía, pero era lo más barato que había encontrado por Internet. Pasé y me situé en la entrada. El suelo rechinaba con las pisadas, las paredes eran sucias y polvorientas y los muebles estaban rotos o quebrados. Por una puerta apareció una mujer anciana y con muchas arrugas en la cara. 


- ¿Desea algo señorita?
     Me observaba con desconfianza y me repasaba de arriba abajo como si fuera a robarle algo.


- Si, quería saber si tenían habitaciones libres. 
- Claro. En el piso tercero hay un cuarto para una persona libre. 
- ¿Y cuánto cuesta?
- Unos… sesenta y nueve euros al mes.
     Si vivir un mes costaba sesenta y nueve euros, no quería ni imaginarme como sería la habitación.


- Está bien, me la quedo.
- Muy bien. Aquí tiene la llave y este es un regalo de bienvenida.


     No os penséis que el regalo era algo maravilloso. Me dio un helado de limón que, aunque no ponía la fecha, me imaginaba que estaba caducado.


- Y dese prisa, porque se derrite rápido.


     Cogí las cosas y fui directa a las escaleras porque, como era normal, allí no había ascensor. Menos mal que era el tercer piso.
     Abrí la puerta y dejé las cosas en la entrada. Tal y como había predicho, el lugar estaba en mal estado. Había moho por todas partes y las losas estaban casi destruidas. Yo ya sabía que las cosas no siempre eran tan bonitas como parecían, pero me tumbé en la cama y, como estaba muerta de hambre después del viaje, me comí aquel helado que no sabía a limón ni mucho menos. Tras acabármelo, me acerqué a la ventana y contemplé el ambiente. Al menos las vistas no eran tan malas como el dormitorio. Desde allí se podía ver un pequeño parque en el cual muchas parejas conversaban y se demostraban su amor, unos niños estaban jugando con los columpios y el tobogán y familias paseaban alegres y con vitalidad. Me aparté. No podía soportar ver aquellas relaciones que yo nunca tuve. Volví a la cama y me acosté. No tardé en dormirme y, por supuesto, en volver a tener otro sueño familiar de hace ya tiempo.


     “Mi madre estaba en el trabajo y yo estaba sola con mi padre.
- Cariño, ya es tarde. Será mejor que te vayas a dormir o mañana no tendrás energía para ir a clase.
- Está bien papá. Buenas noches.
- Que duermas bien cariño. ¿Quieres que te lea un cuento o algo?
- ¡Papá! Ya soy mayor. Tengo doce años y no hace falta que me leas nada para que me duerma.
- Si ya lo sé… Dios… Parece que fue ayer cuando tu madre dio te dio a luz. Eras tan pequeña e inocente en esos tiempos.
- Papá… Eso pasó hace mucho. Venga, buenas noches.
- Y dentro de nada, te casarás y te irás. Dejándome aquí solo… Con tu madre…
     La última frase la dijo muy bajo y como no la escuché, me fui a mi cuarto y me acosté. 
     No sabía el porqué, pero aquella noche no podía dormir. Pensé que serían cosas mías, así que cerré los ojos e intenté dormirme. Sin embargo, después de un tiempo, alguien llamó al timbre.
- ¿Quién?
- Manuel soy yo. Eloísa.


     ¿Eloísa? ¿Quién era esa chica? La puerta se abrió y escuché la voz de ella. Era alguien desconocida para mí.


- ¿Seguro que tu mujer no está? No quiero ningún lio.
- Tranquila cariño. Mi mujer hoy volverá tarde hoy y mi hija está en la cama durmiendo desde hace tiempo. No nos interrumpirá nadie. 
- ¿Y si se despierta?
- Le diremos que eres una amiga que me está visitando.


     Dijo aquella frase con ironía, como si lo que estaba diciendo fuera mentira y los dos se rieron.


- Esta noche te voy a hacer gritar de placer.


     Se escuchó un golpe por parte de ella en el pecho de él.


- ¡No digas eso!


     Y volvieron a reírse.


- Venga, vamos a mi sala.


     Los dos se fueron a la habitación y yo estuve en mi cama hasta que comencé a escuchar ruidos raros. Me levanté sigilosamente y me asomé con mucho cuidado por la puerta. No me podía creer lo que estaba viendo. Mi padre lo estaba haciendo con esa y yo  presenciándolo todo. Le estaba poniendo los cuernos a mi madre y encima, sin que ella supiera nada, en nuestra casa. Fui de cuclillas a mi cama de nuevo y volví a acostarme. No pude dormir nada en toda la noche y estuve llorando hasta que amaneció. 
     Cuando mi madre llegó, la mujer se había ido y mi padre estaba en la cocina tomándose un café. Me dirigí a desayunar, pero no pude comer nada. 
     Ese fue el día más horroroso de mi vida.”




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