¡Enganchados!

martes, 24 de enero de 2012

.Amor Ardiente 7.

Capítulo 6

     La sensación que había circulado por mi cuerpo al llamar pervertida a una mujer había sido realmente divertida. Estaba leyendo William Shakespeare, uno de mis escritores favoritos, y al haber hablado con ella se me había quedado mirando como si se estuviera preguntando quien demonios era yo. La verdad, es que ella era muy atractiva y sus ojos de un color negro azabache me había penetrado haciéndome sentir importante por un instante. Su pelo rubio brillaba con los rayos del sol y su piel, como la canela, tenía un tono extraño. Era algo misteriosa, intrigante. 
     Ya se había dado la vuelta para proseguir con su lectura mientras, esta vez, la observaba yo. sus largas y elegantes manos sujetaban el libro a la vez que, a ratos, llevaba pequeños tragos con el zumo a su boca. Me di cuenta que, desde lejos, un hombre de aspecto oscuro la escrutaba. Era una mirada viciosa, como si fuera a tomarla en aquel momento. Al darse cuenta de que yo le había descubierto, se levantó y se marchó. Que reacción tan rara. ¿Acaso era malo poder hacer lo que había hecho? Quizás para él si lo fuera debido a su comportamiento.
     Volví a dirigir mi atención hacia el punto de inicio. Estaba sonriendo. Parecía como si leer aquel libro fuera una sensación especial, gustosa. No pude evitar sonreír también. Sus gestos eran pegadizos, y su físico atrayente... Entonces, vino a mi mente una imagen desagradable. Elena. Podía imaginármela ahí sentada, como si quisiera que yo volviera a su lado. Aparté esa idea de mi cabeza. No podía permitirme, es más, no debía pensar en ella o al final no acabaría esa horrible pesadilla. Enterré el pasado en un pozo sin fondo y su aparición se marchó. Me sentí cómodo y complacido. Lo que era capaz de hacer mi mente...
     Advertí que se estaba levantando para irse y, sin comprender por qué hacía los mismos movimientos de ella, mis piernas la siguieron anhelando no perderle ni por un segundo.

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     Aquel hombre la estaba siguiendo. Se dio cuenta en cuanto, advirtiendo sus pasos, había cruzado por distintas calles sin rumbo y él había hecho lo mismo. Se sintió aterrada, pero cierta parte de ella quería que aquel juego nunca se detuviera. ¿Qué era aquella sensación? Entonces me detuve y desvié mi posición hacia donde se encontraba aquella persona.

- ¿Pretendes seguirme todo el día o nunca te cansas?

     Noté la sorpresa en su rostro, que en seguida se convirtió en misterio.

- Solo pensaba hacerlo un poco más hasta saber donde vives.

     Mis ojos se abrieron como platos.

- Pues mucho me temo que no vas a tener ese placer.
- ¿Por qué no? ¿No sientes pena de alguien como yo?

     Se estaba burlando de mí, así que decidí seguir su conversación.

- ¡Oh! Claro. Siento mucha pena de los acosadores como tú que os dedicáis a andar detrás de una persona para hacer luego sabe Dios qué.
- Pues no pienses que soy un acosador, piensa que soy un amigo.

     Podía ser todo lo gracioso que quisiera, pero eso no cambiaría nada, ¿o sí?

- ¿Qué quieres de mí? ¿Mi dinero, mi móvil...?
- Ya te lo he dicho antes.

     ¿Se pensaba que era tonta o solo lo decía por decir?

- Pues no va a poder ocurrir. No te conozco.

     Se acercó un poco más a mí, como si tratara de pasar una barrera que había entre nosotros.

- Eso puede cambiar. Solo tienes que preguntarme lo que quieras saber.

     Me reí ante su comentario. La verdad es que el miedo que había sentido se había convertido en interés.

- ¿Qué quieres que te pregunte? ¿Quieres que folle contigo o algo?

     Formulé aquella atrevida pregunta con el fin de espantarlo, pero apareció un brillo en sus ojos que hizo que me diera cuenta de que había dicho algo equivocado.

- No es una mala idea. En tu casa, ¿no?

     ¡Que manía con mi casa! Parecía que quisiera ir a mi hogar como fuera.

- Escúchame. Si te digo donde vivo, ¿te irás y me dejarás tranquila?

     El placer de su mirada aumento.

- Sí.

     ¿Debía creerle? Ese "sí" había sonado demasiado irónico.

- ¿De verdad?
- Sí...

     Arrastraba aquella palabra como si quisiera demostrarme que habría algo más, pero no podía permitirlo. ¡Acababa de conocerlo y no sabía ni comos e llamaba! ¿Me estaba volviendo loca?

- Está bien, pero antes dime cual es tu nombre. No sé ni eso.
- Sergius. ¿Y tú?

     Me planteé la opción de mentirle y decirle un nombre falso, pero no tendría ningún sentido. 

- Amalia.
- Encantado de conocerte... Amalia.
- No sé si debería decir lo mismo. 
- Pues no lo hagas.

     Algo había conectado entre nosotros dos y sentía que si no lograba saber lo que era, no me quedaría tranquila. Él ya estaba a mi lado y me decía con la mirada:

"¿Vamos?"

     Y seguí junto a él... Junto a Sergius.     




      




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