¡Enganchados!

lunes, 19 de diciembre de 2011

En Busca de la Imaginación (II).

Capítulo 1

Un papel arrugado, y otro, y otro, ¡y otro! ...
    Mi papelera comenzaba a llenarse poco a poco hasta el punto de estallar, mientras yo desechaba lo que creía innecesario, osea, todo.

Las ideas que venían a mi mente eran buenas, pero no lograba plantearlas del modo en el que a mí me hubiera gustado. Todo era basura. Ni siquiera encontraba aceptable el planteamiento, ni el argumento de mis historias.

     Mi cerebro estaba agotado y mis párpados comenzaban a cerrarse poco a poco. Me tomé el poco café frío que quedaba. Sabía demasiado amargo y pasado (debido al tiempo que había estado ahí), pero eso me ayudó a despertarme de nuevo.

   Retomé mis escritos, con la esperanza de que mi imaginación fluyera y mis manos comenzaran a escribir por sí solas, pero... Fue un intento fallido. Nada, ni una sola frase original llegaba a mi cabeza, y esto comenzaba a ser desesperante. Si no lograba poder volver a escribir, mi editorial me despediría y eso sería una catástrofe. El nombre que tanto había trabajado para llegar a ser conocido, nunca volvería a aparecer en ninguna de las portadas de ningún libro. 

Don Amancio Silvestre.

    Mi nombre, el cual resultaba desconocido hasta para mí. No lograba relacionar ninguna persona con aquel extraño, aunque fuese yo. No podía ni pensar en qué pasaría si nadie supiera de mí. ¿Y si muriera? ¿No habría ni cura para mi entierro? ¿Nadie lloraría, ni haría nada por saber cual fue el caso de mi muerte?

    De repente, entre tanta batalla psicológica, llamaron al timbre. Bajé las escaleras hasta llegar a la vieja puerta de madera, la principal de mi casa. La abrí y, con sorpresa, advertí que no había nadie. Miré a ambos lados y hasta salí al exterior del patio. Nadie. Si alguna vez alguien había estado ahí, ya se había ido. Tan rápido...

     Cuando entré y fui a cerrar la chirriante puerta, por casualidad, vi en el suelo una carta. La recogí y la observé. Iba a mi nombre, pero no decía quien la enviaba. Me dio la impresión de que si la habría, algo en su interior cambiaría mi vida, o me mataría en ese instante. Mis dedos dudaron por un momento. El temor me recorrió el cuerpo e hizo que creyera que el fin había llegado. ¿De verdad una simple carta sin nombre podía hacer que una persona pudiera ver su muerte delante?

    Comencé a pensar que el estrés me había invadido tanto que comenzaba a volverme loco. Pasé dentro. Dejé la carta encima de mi escritorio y me acosté en la cama.

     Sabía que iba a ser una noche muy larga y que las pesadillas me traerían malos presagios.






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