¡Enganchados!

lunes, 12 de diciembre de 2011

El Diario de Laura Escobar (II).


Capítulo 1


- ¿Es qué no puedes hacer nada bien?
- Lo siento…
- ¡Solo tienes que tocar esta parte bien! ¡El piano no es tan difícil!
- Lo siento…
- Dios… Si tan solo tu padre estuviera aquí ya… ¡¿Qué demonios estará haciendo?!
- No lo sé…
- Ya sé que tu no lo sabes, por dios… Que sabrás tú, si no sabes nada.
- Perdón.
- ¡¿Y ahora por qué te disculpas?! Madre mía, esta hija me va a volver loca. Anda quédate aquí y sigue ensayando hasta que te salga, ¿de acuerdo? Yo mientras voy a ver si consigo contactar con tu padre.
- Vale mamá.

     Se levantó y salió del salón. Mientras seguía tocando el piano, escuchaba los gritos histéricos de mi madre.

- ¡¿Dónde estás!? Llevo esperándote todo el día. Ayer no apareciste y hoy vas por el mismo camino. ¡¿No ves que yo sola no puedo con la niña?!

     Un tiempo de espera.

- ¿Cómo que ahora mismo no puedes venir? ¿Qué es tan importante como para dejar a tu familia de lado?

     Otro tiempo.

- Aaah… Claro. ¿Estás con ella verdad? ¡Sé que estás con ella y no me lo niegues!
     Y otro…
- ¡Pues que sepas que quiero el divorcio! ¿Me escuchas? ¡¡El divorcio!! 
     Se vuelve insoportable poco a poco.
- ¡No! ¡No pienso calmarme! ¡Cálmate tú! No… ¡Ni se te ocurra venir ahora para acá! ¡No quiero verte! Quédate con tu amante y tríncatela un rato, porque yo no voy a volver a hacerlo. ¡Ni eso ni nada! ¡Que no! No… Voy a colgar. No quiero escucharte más. Me duele la cabeza. Me da igual lo que tú quieras. ¡¿Me oyes!? ¡Me da igual!

     Y colgó.

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     Tras fuertes peleas y discusiones continuas, decidí marcharme de casa. Para mis padres siempre había sido un estorbo y los problemas que ambos tenían me estaban consumiendo cada vez más y más. Con todos los ahorros que había conseguido, algo de ropa en una mochila ligera y poco más, antes de salir de esa jaula di un último vistazo a lo que sería ya un mal recuerdo en mi vida.
     Emprendí mi camino en dirección al tren más próximo que me llevara fuera de ese pueblo de Murcia y me alejara de aquella horrible pesadilla que me había mantenido presa en mis últimos dieciocho años.
     Una vez montada, me senté junto a la ventana y estuve observando el paisaje que iba cambiando poco a poco hasta quedarme dormida. En el sueño aparecían viejos recuerdos de mi familia cuando, en ciertos momentos, había un poco de paz en lo que se podía considerar mi casa:

     “Era el día de mi cumpleaños y mis padres me habían llevado a comer a mi restaurante favorito: Vía Apóstolo.

- ¡Feliz séptimo cumpleaños cariño!
     Dijo mi madre.
- ¿Qué quieres como regalo, princesa?

      Cuando mi padre me formuló esa pregunta yo ya la tenía muy clara, pero el miedo a que se enfadaran otra vez conmigo me hizo cambiar de idea y decidí no decirles que no quería más peleas ni enfados en casa.

- Pues me gustaría tener un móvil papá.
- Madre mía, ¿tan joven y ya pensando en eso? 
- Yo a mi edad todavía jugaba con muñecas y me apuesto a que tu padre se dedicaba a jugar a esos juegos tan raros que hacían en su pueblo.
- ¡Oye! Que los juegos que hacíamos en mi pueblo eran muy divertidos. Si a ti no te gustaban era caso tuyo.

     Mis padres reían, se miraban, se tocaban, se besaban… Esos eran unos de los pocos momentos buenos que tuve en mi vida, pero todo cambiaba en el momento en el que llegábamos a casa y todo volvía a la normalidad…

- Madre mía. Cuanto he comido. Si me hubiera comido aquel último trozo de pizza ya estaría por los suelos arrastrándome.
- Ay cariño. Si es que no deberías comer tanto. Que luego te sienta mal y te pones más malo que nada.
- Bueno, pero eso es cosa mía. Si quiero comer, como. ¡Claro! Como tú estás más seca que un espagueti. 
- Oye perdona. Que si estoy delgada es porque como sano y me cuido. ¡No como tú que te comes medio restaurante si es necesario!
- ¿Perdona? Si me como medio restaurante, ¿no será porque la cocinera de la casa no cocina como debería ser?
- ¡¿Qué yo no cocino bien?! ¡Pues si tanto te disgusta, la próxima vez cocinas tú guapo!
- Pues eso haré si es necesario, porque si seguimos así, al final nos morimos de hambre por tu culpa. Que hechas muy poca cantidad a tus comidas y las dejas escasas. Así la niña no va a poder crecer.
- ¡Pero si la niña ya está grande! ¿Qué me estás contando? La culpa es tuya por tragar tanto. Y si ella no come es porque tú te comes su comida. ¡Elefante humano!
- ¡Espagueti andante!
- Me largo ahora mismo de aquí.
- Pues anda que yo…

     Y los dos se marcharon por la puerta dejándome sola el día de mi cumpleaños.”





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