¡Enganchados!

sábado, 29 de enero de 2011

.Amor Ardiente 4.

 Capítulo 3

      Abatido y entristecido, estaba en mi cama con un cigarro y una copa de ginebra en la mano. Mis pensamientos se divulgaban con imaginaciones que nunca creí que fuera a ser capaz de pensar ni decir. Mi alma vagaba moribunda por todos los oscuros lugares que existían por mi habitación y, mientras tanto, las lágrimas que caían por mi cara eran como un puzzle rompiéndose después de haberlo formado por completo. Me sentía sucio, insultado. Era como si ahora, mi vida no fuese más que un poco de polvo. Como si mi alma me estuviera pidiendo algo, algo que no sabía. Por más que quería comprenderlo no conseguía adivinar, ni saber ni lo que yo mismo tenía que hacer. Me incorporé y me encaminé, con un paso casi muerto, hacia el sofá donde me sentaría para poder pensar con claridad. Lo hice. No se cuanto tiempo estuve ahí, revolviendo mi mente una y otra vez para encontrar lo que andaba buscando. Reordené el tiempo, momento y lugar en el que me encontraba. Era 20 de Julio, hacía dos semanas que estaba con depresión y me encontraba en mi casa amargándome más como si fuera una asquerosa lagartija. Los últimos mensajes que había tenido no habían sido nada agradables. En uno de ellos, mi jefe me había dicho que si no me dejaba ver por la empresa, estaría despedido. Otro, era del mecánico que decía que mi coche era imposible de arreglar. Todo lo que ahora giraba alrededor de mi era un caos. Me desmoroné y cerré los ojos. Me daba vueltas la cabeza y decidí que lo mejor sería descansar un poco, pero en ese instante descubrí lo que había estaba buscando. Todo lo que tenía que hacer era muy sencillo y no necesitaba demasiadas cosas para lograrlo.
      Me encontraba donde debía. Estaba en el edificio más alto que había encontrado y me situaba a dos pasos del precipicio. Todo mi ser estaba temblando y teniendo dudas, pero había tomado esa decisión y la iba a realizar. No podía imaginar un futuro que no fuese al lado de Elena y tampoco una vida sin sus besos. El daño que me había causado era irremediable y sabía que por más que quisiera no lograría olvidarla. La amaba y la seguía amando. Por otro lado, aunque mi corazón decía que saltase, mi mente se oponía completamente. Me contaba que no valía la pena morir por tal mujer y menos después de lo que me había hecho. Mi corazón me explicaba que el amor era inevitable y casi nunca se podía combatir contra él. Dos historias diferentes y dos opiniones igualables. La decisión solo la podía tomar yo y… ya lo había hecho. Tomé aire profundamente y fui soltándolo muy poco a poco. Di un paso y después otro. Estaba a escasos centímetros del vacío y después de saltar todo se volvería oscuro y doloroso, pero llegaría un momento en el que ya no sentiría nada, en el que ya estaría muerto. La brisa de viento me daba en la cara y recordé cuando la conocí por primera vez.
      Yo había ido a Valencia por trabajo (ya que yo vivo en Murcia) y me habían mandado a un lugar cercano a la costa. Por supuesto, era verano. Los cuerpos más jóvenes se daban a ver y los más adinerados llevaban trajes de baño y bikinis a la última moda. Algunos incluso llevaban unos con estampados de leopardo. El Sol incidía por toda la playa y yo decidí ir a darme un pequeño baño. Entre olas y gente la vi. De entre todos, ella era la que más relucía. Su semblante alegre era como una margarita recién nacida y con todo su esplendor. Su cuerpo era como la mejor escultura creada por Dios. Todo en ella era perfecto.
      Volví al presente. El final de mi historia estaba ante mis ojos. Me dije a mi mismo: Uno y dos y… Al dar un paso para caer, una gran mano se aferró a mi brazo y tiró de mí con todas sus fuerzas. Caí al suelo y sentí como algo crujía. Alcé la mirada para saber quien había sido capaz de destrozar la idea que yo tenía de liberación total. Al lado mío se encontraba un hombre de raza negra (sería africano o por el estilo) que tendría alrededor de dos metros. Me levanté y lo observé. Me miraba con preocupación y verdadera ansiedad.
¿Se encuentra bien?
Si… claro.
Esa pregunta estúpida siempre la he odiado. ¿Se encuentra bien? Si he estado a punto de saltar para morir es evidente que no. Giré mi mirada a un lado. Creí que si seguía mirándole me enfadaría tanto que llegaría a pegarle y yo soy el típico: NO A LA VIOLENCIA.
Estaba buscando algún lugar alto para buscar un sitio en concreto y… cuando le vi a usted… a punto de saltar digo…
Si, ya lo se. Quiso detenerme y eso hizo.
Exacto. Pienso que no hay que despreciar tanto una vida aunque sea lo más mísera posible.
Y encima el negrito tocando los cojones. Mi furia seguía en aumento y yo tenía cada vez más ganas de meterle un puñetazo en esa cara suya. Era el típico tío al que no aguantas ni por asomo.
      -     Si necesita ayuda o atención sicológica solo llame a este teléfono.
Se metió la mano al bolsillo y me dio una tarjeta:
Psicólogo Manuel Gil. Especialista en atención y ayuda sicológica.
¿Parecía tan tonto como para pedir ayuda de un psicólogo de mierda? En fin. Se me habían pasado las ganas de morir, así que sin decir ni una palabra me di la vuelta y me marché por donde había venido.



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