¡Enganchados!

jueves, 6 de enero de 2011

.Amor Ardiente 3.

Capítulo 2


      En ese entonces era 18 de Julio. El calor me hacía sudar y recorría todo mi cuerpo. La brisa del mar llegaba hasta mi casa y esta olía a concha marina. Los barcos que navegaban iban tranquilamente de un lugar a otro, como si no hubiera ningún problema en el mundo, como si eso fuera la relajación total. Yo, sentada en mi hamaca de tela, veía como las nubes cambiaban con el tiempo de forma y se movía en una dirección. El anochecer era, por otro lado, mucho mas interesante, ya que, era como si las estrellas te llamaran y te hicieran señas para que fueras a jugar con ellas. O al menos eso es lo que a mi me gustaba imaginarme. Justo al lado del puerto, se localizaba un descampado donde parejas iban a contemplar cada año la lluvia de estrellas que se efectuaba en ese lugar. Sin embargo, mi vida era demasiado aburrida y nunca lograba encontrar muchas diversiones. Mi nombre es Amalia y, a mis veintiséis años de edad, aun no he tenido nada más que dos novios. La noche pasada, mis amigas y yo fuimos a un bar muy famoso que estaba situado en uno de los mejores lugares de aquel pueblo costero. Se llamaba “Club de Sueños Infinitos” y, aunque la gente dice que es un bar, no lo parece en absoluto. Dicho sitio era inmensamente grande y en su interior, además de vender copas, era restringido para las personas que no fueran invitadas especialmente por algún dueño del garito. Nosotras, pasamos porque un amigo llamado Robert es uno de los dueños del bar y me ofreció si quería alguna vez, pasarme por allí y de paso tomar unas cañas. Yo acepté, pues no tenía nada previsto y fui con mis colegas. Ana y Sandra son las únicas amigas que tengo de mi mismo género, por otro lado, tengo cientos de amigos hombres. Todas siempre se preguntaban que, teniendo tanto macho a mí alrededor, como era posible que aun no hubiera conseguido un buen novio. Pues bien. Yo prefiero tenerlo solo cuando de verdad crea que ha llegado el momento. Mi virginidad la perdí y, desde entonces, decidí solo hacerlo con el indicado. Se acercaba la hora de irme, así que me puse un vestido color rojo pasión, mi preferido como no… y tras mirarme durante largo tiempo, me marché de casa. 
      El aroma del antro era una mezcla entre los perfumes de todos los ahí presentes y cigarrillos. Era un olor embriagador e hipnotizante. Algo que te hacía querer permanecer en ese lugar. Tomé mi bolso y saqué un cigarro. Lo coloqué en mi boca y lo encendí. El humo entro en mí como si fuera algo más que solo eso. Fui a probar el vaso  que me habían servido. Era un regalo de parte de Robert y no me pude negar. Ana no paraba de decir que eso era porque yo le gustaba, pero por mi parte eso era estúpido. Robert era un hombre tímido y reservado. Alguien en quien podías confiar y mantener tu seguridad. Sandra también le daba la razón a Ana y empezaban a volverme la cabeza loca. Agarré la bebida, JB y cola, y la llevé directamente a mis labios. El regusto amargo del JB y la picante y burbujeante cola hicieron que me estremeciera por todos lados. El frescor y el tamaño perfecto. Era como estar en un paraíso tropical. Fui tragando poco a poco. Quería disfrutar de aquella extraña, pero deliciosa sensación que había en mi interior. Al acabarla, comencé a tener mucho sueño. Parecía como si todo se hiciera oscuro de repente. Podía oír las voces de mis amigas alarmadas y llamándome todo el rato. Después todo se hizo sordo y solo logré escuchar unos pasos acercarse cada vez más a mi.
      La luz solar me daba de lleno en los ojos y rápidamente cambié la postura de mi cuerpo. Fue muy extraño… A mi lado estaba escuchando como una respiración muy débil y creí que por estar adormecida era la mía y no me estaba dando cuenta ni yo misma por la noche anterior, pero al abrir los ojos, delante de mí había un hombre desnudo durmiendo plácidamente. Me sobresalté y caí de culo al suelo y fue cuando descubrí que yo también estaba desnuda. Un ruidito se oyó encima de la cama y el hombre que había en ella, asomó la cabeza y se dio a conocer. Era… ¡Robert! Él estaba desnudo y encima de la cama. Sus ojos se despegaron y me miraron.
- Veo que ya has despertado mi princesa, estoy contento de que al final decidieras quedarte conmigo, después de todo los dos lo pasamos en grande anoche, ¿no?
- ¿Qué estás haciendo tú en mi cama desnudo? ¿Qué es todo esto?
- ¿De verdad no te acuerdas? Anoche fuiste a mi bar y de repente te desmayaste. Te traje hasta casa y esperé a que despertaras. Cuando lo hiciste solo podías pronunciar una palabra: SEXO. Y como veía que estabas tan linda así, me aproveché del momento y lo hicimos juntos.
- ¿Cómo pudiste hacer eso? Cuando estoy borracha sabes que no se ni lo que digo… aunque no se como me emborraché si solo tomé una copa.
- Amalia, sabes perfectamente que las copas de mi bar son fuertes. Si tu cuerpo no las soporta es normal.
- Si tú lo dices… De todas formas aun sigo enfadada. ¡No debiste haberlo hecho! Incluso aunque solo dijera esa palabra, debiste usar la cabeza y saber que al estar borracha todo en mí está mal. La próxima vez iré al bar de Jorge.
- ¿Por qué? Esta noche estabas más bella que nunca… aunque no lo recuerdes, pero no hay necesidad de que dejes de verme solo porque lo hayamos hecho. No ha sido ni la primera, ni la última vez.
- Posiblemente la última si. Y haberme quitado la virginidad no te da derecho a nada. Solo lo hice contigo, porque pensé que eras una gran persona, alguien en quien confiar. Y ¡lo eres!... Pero no eres el tipo de tío que ando buscando.
- Entonces, ¿qué es lo que buscas?
¿Debía responder? Esa podría ser una pregunta trampa. En cierto modo no sabía que decir, así que mantuve silencio. Robert pareció comprender que no le iba a responder, así que se incorporó y se vistió.
- Voy a preparar el desayuno mi princesa… y espero que vuelvas a venir esta noche a mi bar y no al de Jorge. Ese está como loco por hacerlo contigo.
- Justo como tu acabas de hacer, ¿no?
- Si, solo que yo lo hago mejor que él.
- ¿Tengo que creerme eso?
- Tú verás. No es mi opinión, sino la tuya.
Solté una risita de agrado y también me vestí. Después de todo, tenía un dolor de cabeza muy grande y no tenía ganas de seguir pensando más.




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