¡Enganchados!

lunes, 20 de diciembre de 2010

.Amor Ardiente 2.

                                                                          Capítulo 1




      Me desperté por la mañana. Miré hacia el lado donde, supuestamente, mi preciosidad estaba durmiendo. Y… si. Ahí estaba. Durmiendo plácida y tranquilamente y sonriendo como si estuviera soñando con los ángeles. Le miré. Sus labios, carnosos como ningunos, estaban un poco entreabiertos y podía escuchar su respiración claramente. Tuve que necesitar mucha fuerza para no volver a lanzarme a besarla y despertarla, así que seguí escrutándola detenidamente con la mirada. Sus pestañas eran tan largas como las princesas de los cuentos de hadas y su nariz parecía sacada de las películas. Era mi princesa… ¿Qué digo mi princesa? Mi reina. Mi adorable y magnífica reina. Durmiendo justamente al lado mía. Pasados unos cinco minutos, decidí levantarme. Me vestí, me peiné y me arreglé lo mejor posible solo para ella. Preparé el desayuno: Un café con leche y dos cucharadas de azúcar, junto a unas tostadas de aceite y sal. Con cuidado, dejé la comida sobre una mesa y subí las persianas de mi habitación. Ella se revolvió entre las sábanas y se tapó la cara con la almohada. Me acerqué y me senté en el borde de la gran cama azul. Me aproximé y le dije:
- Mi señora, le he preparado el desayuno, si le parece bien, me gustaría que su majestad me diese permiso para levantarla y llevarla en brazos hasta su comida.
Ladeó ligeramente la cabeza en signo de asentimiento y la trasladé hasta la mesa donde había dejado e desayuno. Se lo acerqué y con los ojos aun adormilados, comenzó a masticar y tragar. Al terminar le serví unas uvas, ya que son su fruta favorita. Ella las tomó con gusto y las comió una a una. En una de estas, un líquido comenzó a caer por s boca por culpa de la uva. Rápidamente me levanté y dije:
- Quiero lamer eso.
Sin embargo, cuando me disponía a hacerlo, detuve el impulso, me senté y fui a limpiárselo con una servilleta. Me paró la mano en seco y me contestó:
- No. Hazlo con tu lengua.
Ciertamente, lo que me acababa de pedir era un crimen para mí, pero la tentación era mayor en todos los sentidos. Nos pusimos cara a cara y, con las mismas, le lamí el pequeño líquido que se había quedado en su boca con la lengua. De nuevo, mi corazón comenzó a latir otra vez con rapidez y tenía ganas de volver a hacerlo. Nos miramos y en seguida lo supimos, estábamos deseando lo mismo. Después de todo, era algo que no se podía evitar. La levanté y la volví a llevar a nuestro cobijo de amor, la cama. Nos volvimos a mirar, pero esta vez de una forma mágica, parecía como si esos instantes fuesen eternos. Sus ojos verde olivo y los míos de un cenizo malva. Y de repente… pom pom pom. Llamaron a la puerta. Fui a ver quien era realmente enfadado por la inoportunidad de la persona que lo hubiera ocasionado. Abrí y en la puerta estaba un hombre de un metro noventa o más. Se hacía llamar Thomas, ah por cierto, yo soy Sergius y mi enamorada es Elinasia, pero prefiero llamarla Elena. Le pregunté el porqué de su visita, ya que no le conocía y no esperaba a ningún invitado en el día de hoy. Este, sin articular ni una mísera palabra, me apartó de la entrada y la cruzó metiéndose directamente en mi casa. Con los ojos de león y el cuerpo de gigante fue hacia donde se suponía debía estar Elena. De una patada, rompió la puerta de la habitación de ella y mirándola, la cogió del brazo y la arrastró hasta que yo me interpuse.
- ¿Qué es lo que has venido ha hacer aquí? ¿Planeas entrar sin mi permiso, romper lo que no es tuyo y después tratar de llevarte a mi querida?
Su rostro, incluso siendo yo hombre, debo de reconocer que era muy bello. Me estaba escrutando detenidamente con su mirada y en cuestión de dos minutos, dio a conocer su voz:
- Esta dama a la que haces llamar tú “querida”, no es nada más y nada menos que mi esposa. Y si estoy aquí sin ni si quiera darte un buen puñetazo, es porque de veras tengo mucha educación y evito meterme en problema. Además… esto ya ha pasado varias veces, por lo que consigo controlarme.
Mis oídos no daban crédito a lo que oían. Ese tal Thomas decía ser el esposo de Elinasia y yo no me había enterado de la verdad hasta ahora. Aquella mujer a la que tanto amo… esa a la que yo adoro… me había traicionado sin decirme siquiera que era esposa de otro macho. La miré a la cara en gesto de súplica, porque después de todo la amaba y la sigo amando y quería que se quedase a mi lado incluso después de casada. Le hubiese hasta suplicado para que se separara de aquel tipo y hubiera huido conmigo para poder ser felices juntos. Pero… lo que había en su rostro no era tristeza de separación, ni desesperación… No… Estaba totalmente feliz. Su cara emanaba un aura de gusto y superioridad como si hiciera estas cosas solo para que esto me doliera más. Su sonrisa picarona y sus ojos casi guiñados me provocaban un temblor alrededor de todo mi cuerpo. Había caído en su trampa. Era uno más de todos los que ella había engañado. Era como si en su frente se reflejara una palabra: Mentirosa.




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