¡Enganchados!

domingo, 19 de diciembre de 2010

.Amor Ardiente 1.

 Prólogo


      Era de noche. La dejé con mucho cuidado sobre la cama y fui quitándole la ropa prenda por prenda. Su respiración entrecortada le daba un erotismo del punto más infernal posible. La lengua asomando por su pequeña y jugosa boca hacía que quisiera fundir la suya con la mía. Se dejó caer de espaldas contra el colchón y yo me coloqué encima. Mi éxtasis estaba en el nivel superior nunca antes visto con ninguna otra mujer. Su cuerpo era como una obra de arte de Picasso. Yo también estaba desnudo y a escasos centímetros de ella. Le susurré al oído y dio un gemido que hizo que mi erección creciera más de lo que ya estaba. No aguanté más. Metí mi miembro viril en su interior y unas deliciosas lágrimas brotaron de sus ojos. La besé con pasión e introduje con delicadeza mi lengua en su boca. Se enrojeció y yo sonreí. Le volví a besar y se agarró a mi espalda como si fuera a explotar de un momento a otro. Sus uñas arañaron mi piel, pero yo podía soportar cualquier cosa que proviniese de ella. De sus labios, fui directo a la oreja y se la mordisqueé. Mi elegante rosa gritó y yo le tapé la boca con mi enorme mano perfumada por el cigarrillo que me había fumado antes. Su cuello olía a violetas y no pude resistir la tentación de querer saborear tal aroma hipnotizante. La absorbí, las marcas de mis colmillos se le quedaron marcadas y unos diamantes de sangre menuditos se dieron a ver. Ella quiso soltar mi mano, pero se lo impedí con unas fantasiosas palabras:
- No sueltes mi mano, no la sueltes, porque yo estoy a tu lado. Si tu sueltas mi mano, yo desapareceré y si yo desaparezco, nunca más a tu lado estaré.
En ese momento, su palma se aferró con fuerza a la mía y me susurró:
- Si cuando estemos juntos, tu o yo... quien sea de los dos… si alguna vez sientes tristeza, solo toma mi mano hasta que esta desaparezca.
No pude evitar soltar una risita. Eso más bien debería haberlo dicho yo, pero no me importaba porque sabía que todo lo que decía era para aumentar mi euforia y atracción por su parte. La quería, la adoraba y no soportaba dejarla ir. Me aparté un poco intentando resistirme, pero me cogió y se acercó aun más y eso hizo que quisiera hacerla mía de nuevo. Nos tapé con la suave manta de lino negra y volví a entrar en su interior. Está vez ni lloró, ni se resistió. Sencillamente, me sonrió y me besó en la mejilla. Me lancé sobre su ser y sujeté sus pequeños y suaves pechos. Los acaricié como si fueran un tesoro que acababa de encontrar en una isla perdida en la que nadie había conseguido llegar aun. Nada más dar un pequeño y fantástico berrido, me aproximé sin salir de dentro de ella y coloqué mis labios sobre sus apacibles y cálidos pezones. Imparables y lujuriosos alaridos y chillidos hacían que no quisiera detenerme. Más, más y más. Quería estar así por y para siempre. Quería darle y hacerle sentir todo el amor que yo guardaba hacia mi bella dama. Hacer que se percatara de que estaba entre mis brazos y nunca la soltaría. Que notara que ahora me pertenecía. En esos momentos, era una mujer hecha y derecha. Una mujer en posesión de un hombre. Y no un hombre cualquiera, sino la persona que más la amaba en el mundo y que mataría por ella. ¡Ah! El cielo, ¡eso era el cielo!




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